jueves, 14 de noviembre de 2013

Capítulo 23


La yema ardiente de sus dedos acariciaba mi espalda desnuda suavemente, sintiendo como leves corrientes eléctricas se deslizaban por toda mi espina dorsal, provocándome la necesidad de necesitar más de él. Algo que ya prácticamente era imposible, pero que verdaderamente anhelaba.

¾     ¿Vas a contarme qué es lo que te ha puesto tan mal como para haberme necesitado con tanta urgencia? —preguntó una vez más, rozando sus labios contra la piel de mi frente.

Era increíble como cuando me encontraba con él, todo se convertía en un mundo pacífico. Un mundo en el que prácticamente daba igual todo lo malo. Un mundo en el que simplemente importábamos él y yo, y sí él estaba bien, no había otra cosa que me importara. La noticia de que fuese un ángel caído había resultado ser algo que parecía imposible pero que… por razones de la vida… no lo era. Tampoco me había impactado del todo, yo ya sabía desde el día que lo conocí, que había algo en él que no era de este mundo… Y efectivamente, había dado en el clavo. Desde aquella noche tras salir en el Inferno, que me había hablado en pensamientos, supe que no habían sido imaginaciones mías… y que había algo que no cuadraba. Fue entonces cuando le conocí. Me enfrenté con el mismísimo demonio cara a cara, pero era consciente de lo peligroso que era enamorarme de él… Sin embargo, yo lo hice. Porque me gustaba quererle. Se sentía bien.

¾     No eres el único ángel caído que está aquí en la tierra, ¿verdad? —mis ojos buscaron la respuesta en los suyos, y un brillo en ellos me confirmaron mi respuesta— Los ángeles caídos podéis hacer juegos mentales, ¿cierto?

Él frunció el ceño.

¾     ¿Cómo sabes eso?
¾     Sé que el que me habló la noche del Inferno no fue Brittany ni ninguno de sus amigos. Sé que era algo sobrenatural. Algo que solo pude escuchar yo. Sé que fuiste tú. Era tu voz. —susurré, mirándolo sin temor alguno— Con esto no quiere decir que te tenga miedo —le aseguré— es solo que he tenido varias alucinaciones estos últimos días… Hoy, por ejemplo. He tenido varias. Pero parecían tan reales… —cerré los ojos con fuerza, sintiendo como unas lágrimas mojaban mis mejillas, pero él rápidamente me abrazó y me estrechó contra su pecho.
¾     ¿Qué clase de alucinaciones?

Se lo conté todo. Desde lo ocurrido con Milena en el salón de ballete, hasta la desesperación que había sentido al ver el cuerpo de Dorothea tendido en el suelo rodeada de un charco de sangre. Tardó poco en confirmarme que esas alucinaciones eran las típicas que los ángeles caídos hacían tener a sus presas. Poderoso. Al parecer, según sus confesiones, no estaba a salvo y aquello me asustó, pero junto a él me sentía protegida.

¾     Dorothea no es lo que tú te piensas… —soltó, acariciando mi mejilla mientras hacía que un par de mechones de pelo se pusieran tras mi oreja— es un ángel de la muerte. —fruncí el ceño y enseguida prosiguió— Los ángeles de la muerte poseen información sobre futuras muertes… Se encargan de ellas. Aunque teniendo en cuenta que está en la tierra, lo más seguro es que cuando intente llegar a las puertas del cielo le arranque las alas.
¾     ¿Y por qué está en mi casa? —mi voz sonó asustada y sentí mis ojos arder.
¾     Tu padre falleció hace un año, ¿no? —yo asentí y éste cogió mi rostro entre sus manos— Lo de tu padre no fue un accidente…y como ya te he dicho, tú no estás a salvo. —tragó saliva— Posiblemente esté buscando el momento adecuado para hacerse con alguien que te salve la vida… —murmuró— Quizá ese alguien haya querido hacerte daño antes de conocerte pero ahora se arrepienta.

Sentía mi corazón cada vez latir con más fuerza, como si pronto fuera a desbocarse. Aquella era demasiada información. Demasiada información para poder tragar en tan solo unas horas. De alguna forma u otra, parecía que éste estuviese hablando de algo de lo que él tenía información de primera mano.

¾     ¿Por qué estoy en peligro? ¿Por qué a mí?
¾     Porque me quieren a mí… —susurró— No se me ocurre otra cosa posible para darle explicaciones a esto, Heäven.
¾     ¿A ti? ¿Por qué? ¿Qué tengo que ver yo en esto?
¾     Tengo muchos enemigos… Al ser un ángel caído, soy inmortal. No pueden matarme… pueden condenarme al infierno eternamente, eso sí. Sería peor que la muerte… pero para ello tienen que quemar una de las plumas que se quedan los arcángeles de cada ángel caído tras arrancarles las alas. —se quedó callado y prosiguió— Esas plumas están guardadas bajo llave, solo pueden acceder a ella los arcángeles y solo si hago algo mal. Terriblemente mal.
¾     Sigo sin entender que tengo que ver yo en esto… —susurré.
¾     Que te quiero. Te quiero con toda mi alma. —murmuró, aferrando su mano a mi mentón y atrayendo mi rostro hacia el suyo— Y mis enemigos no pueden matarme ni mandarme al infierno, pero saben que si te hacen algo a ti, me matan emocionalmente. Que te toquen a ti es lo más doloroso que puede pasarme, ¿entiendes? —asentí con miedo— Tienes que tener cuidado… Yo voy a cuidar de ti. —acarició mi mejilla, apartando un mechón de pelo que caía por mis pómulos— Hay alguno de ellos muy cerca de ti… Demasiado.
¾     ¿Y qué tengo que hacer?
¾     Tú por el momento nada… me encargaré yo de ello. Investigaré. Tú por el momento sigue con tu vida normal. ¿Cuándo vuelves a tener clases de ballete?
¾     Suelo tener solo los viernes… pero mañana iré. Necesito recuperar la clase perdida de hoy… y hablar con la profesora. —alcé la mirada, mirándolo con temor. Tanto él como yo sabíamos que estaba cagada de miedo. Sus ojos me envolvieron.
¾     Voy a cuidar de ti. Eres lo más valioso que tengo… ¿vale?
¾     Vale… —susurré.
¾     Mañana te llevaré y recogeré del conservatorio. La primera vez que fui no sentí nada raro… Normalmente cuando hay ángeles caídos cerca, los percibo con facilidad… ¿Hay algún alumno nuevo desde la última vez que fui? —negué— Está bien. Iré a echar un vistazo de todos modos.

-


                Ya era sábado por la mañana y hacía apenas unas horas que había vuelto a casa. No me había atrevido a pasar el resto de la noche en ella… no después de lo ocurrido con Dorothea, así que Zayn me había dejado dormir junto a él el resto de la noche… Aunque bueno, él no durmió.

            Mi cuarto se encontraba en perfecto estado, a pesar de toda la paranoia del día anterior… Todo seguía apuntando a que habían sido alucinaciones y no otra cosa… Pero ¿dos alucinaciones en un mismo día? ¿y en lugares diferentes? Aquello era muy raro. Sí. Bien sabía que Dorothea era un ángel de la muerte y que seguramente posea los mismos poderes –o incluso más- que poseen los ángeles caídos… Pero dudaba mucho que hubiese sido ella… Había tenido mucho tiempo para joderme la vida –más aun, después de la muerte de mi padre- ¿Por qué se empeñaría en jodérmela ahora? Además… ella no estaba en el conservatorio.

Quise no pensar más en ello, así que me dejé caer sobre el colchón y me dejé invadir por recuerdos de la noche anterior. Aún podía sentir el tacto de la piel de Zayn rozando mis muslos, mi cintura, mi estómago, mis brazos, mi cuello. Sus labios besar las mismas zonas dichas anteriormente… Me sentí viva. Era irónico, pero por desgracia, así era. Desde la muerte de mi padre, por mucho que Hanna se hubiese empeñado en hacerme sentir como antes; llevándome de aquí para allá, haciendo que no había pasado nada, etc, etc, nunca había conseguido salir de aquel pozo sin fondo. Zayn era la respuesta. Zayn era mi salida. Mi única escapatoria… Mi ¿Salvavidas? Aquello sonaba muy cursi, pero era la verdad.

El sonido de mi móvil retumbó en mis oídos, haciéndome dar un brinco de la cama y buscarlo con desesperación por los bolsillos de mis pantalones. Rápidamente di con él y lo llevé a mi oído.

   ¿Qui…
   ¡Heäven! —la voz de pito de Hanna me hizo apartarme el aparato del oído durante un par de segundos, acompañado de una mueca por parte de mis labios— ¡Por fin doy contigo! ¿Se puede saber dónde has estado toda la noche? Te he llamado unas cincuenta veces y todas ellas me ha saltado que tu móvil estaba apagado o fuera de cobertura.
   Tranquilízate… —pedí, tumbándome en la cama, acomodándome algo mejor— No estaba en casa y dejé el móvil aquí —mentí. Si le decía dónde había estado y con quien, tendría que hacerle un informe de todo lo sucedido.
   Eso es mentira. Nunca vas sin móvil. —pude ver como entrecerraba los ojos del otro lado del teléfono. La conocía muy bien.
   Bueno, da igual, ¿Se puede saber por qué tanta urgencia?
   Jayden se presentó en mi casa ayer por la noche. —un silencio rotundo invadió las líneas telefónicas, hasta que prosiguió hablando— Estaba muy amable. Venía arreglado. Fue muy… ¿buena persona? No sé. Parecía otro Jayden.
   ¿Qué pasó?
   Le hice pasar… Mamá no estaba y bueno papá ya sabes cómo es, todas las noches en el bar hasta las tantas. No paso nada mala… charlamos un poco, me preguntó por ti y por eso te llamé tantas veces. Dice que quería preguntarte personalmente lo de la acampada…
   ¿Aún siguen con esa estúpida idea en la cabeza? Yo ya he dicho que no voy a ir. —suspiré, desesperada.
   Ya… bueno, yo les he dicho que sí.
   ¡¿Qué?! —exclamé.
   Que sí… No sé, ayer vino tan amable… volvió a preguntarme y pues me sabía mal decirle que no frente a frente. Además, seguramente se sentiría fatal si le dijese que no… porque pensaría que le diría que no porque me da miedo o algo por el estilo.
   Pues le dices que ese día tienes otra cosa que hacer.
   Lo he hecho, pero lo ha cambiado para otro día. Al parecer tiene un horario muy flexible… Por favor, dime que vas a venir. Por favor, por favor, por favor.
   No.
   ¡Por favor! Al menos si morimos, morimos juntas.
   No tiene gracia.
   Lo sé… pero mira el lado positivo, quizá hagas migas con Samuel y…

Corté la llamada. Sintiéndome culpable al instante pero tampoco le iba a dejar salirse con la suya. El teléfono volvió a sonar y no lo cogí. Pero volvió a sonar y así unas cinco veces. Descolgué, llevándomelo al oído:

   ¡Hanna! ¡Te he dicho que no!
   Guarda esas ganas de gritar para otro momento, Ángel.

Sentí mis pómulos enrojecerse a la vez que una corriente eléctrica recorría mi estómago, haciendo que cada pelo de mi cuerpo se erizara. Sonreí tímidamente y pude escuchar una sonrisa al otro lado del teléfono.

   Lo siento… penaba que eras Hanna. —me disculpé, mordiéndome el labio con preocupación— ¿Por qué me llamas? —miré el reloj— Aún queda una hora para el conservatorio…
   Pensé que podría pasar un rato más contigo, a solas. —se aclaró la garganta— Ese colchón en el que estás tumbada ¿Es cómodo?

Sonreí, levantándome y echando un vistazo por la ventana, pero sin estar cerca del todo.

   ¿Por qué no lo juzgas por ti mismo?
   Porque para ello debería probarlo.
   Pues hazlo. —volví a morderme el labio, evitando reírme como una tonta.
   No te muerdas el labio… ese es mi trabajo.

Me llevé una mano al rostro, tapándomelo y ahogando una sonrisa desesperada.

   Basta ya… ¿dónde estás?
   Adivínalo.
   No estoy para bromas… Tú decides, o me lo dices, o vuelvo a morderme el labio, pero esta vez más veces… Y no te dejaré tocarlo.
   Eres exigente.
   Sí… —volví a morderme el labio, y lo escuché suspirar. Solté una risa— Anda… dónde estás. Aparece ya.

Pude escuchar una risa por su parte y caminé por mi cuarto, abriendo incluso el armario… pero nada. Caminé hacia la ventana, apoyando una de mis manos sobre el alfeizar de ésta. De repente, tuve su rostro frente al mío, solo que el suyo mostraba una sonrisa ladina de chico malo. Una sonrisa que incluso me mareó.

   ¿Me buscabas? —mordió mi labio inferior, tirando de éste y de un salto, se adentró en mi cuarto, cogiéndome por la cintura y besándome— Te creía más rápida, ángel. Has tardado mucho.
   Si me hubieras dicho dónde estabas desde un principio, habría tardado menos.
   ¿Qué te hizo pensar que estaba escondido en el armario? —soltó una risa, hundiendo su rostro en mi cuello, dejando besos en éste.
   No sé. Ya no sabía dónde buscar.
   No seas tonta… si hubiese tenido que esconderme en tu casa, me hubiese escondido en tu ducha. —sus manos arroparon mi cintura y su rostro volvió a encontrarse frente a frente con el mío. Sus ojos mostraron una chispa de diversión y no pude evitar sonreír.
   Algún día deberías de hacerlo.
   Lo tendré en cuenta. —echó un vistazo al cuarto y se humedeció los labios, caminando hacia la silla de mi escritorio y cogió un tanga negro que se encontraba tirado de mala manera en ésta. Me miró, alzando una ceja y con una sonrisa divertida. Yo simplemente me sonrojé, otra vez— ¿Por qué no te las pusiste ayer? Me hubiese encantado quitártelas. Como las otras.

Abrí los ojos de par en par, frunciendo los labios para no reír, pero poco tardé en soltar una carcajada.

   ¿Dónde has dejado al Zayn romántico?
   Es lo que tiene coger confianza conmigo. Eres mía…
   No soy de nadie. —murmuré, enarcando una ceja.
   Bueno, pues yo soy tuyo. —sus ojos mostraron cierta chispa de sinceridad, haciéndome sentir segura y sin poder evitarlo, sonreí un poco.
   Será mejor que vayamos yendo al conservatorio… No quiero llegar tarde, y presiento que si nos quedamos más tiempo aquí solos, vamos a terminar de otra manera, y me va a tocar vestirme otra vez. —humedecí mis labios, cogiendo la bolsa en la que llevaba todo el material de ballete y sin quejarse, asintió.
   Te espero con la moto abajo.

Asentí y éste volvió a saltar por la ventana. Yo en cambio, bajé corriendo por las escaleras hasta salir por la puerta. Rodeé toda la casa hasta encontrarme con él. Zayn me tendió un casco y antes de ponérmelo besó mis labios. Segundos después, ya nos encontrábamos de camino al conservatorio.

Bajé de un salto de la moto, deshaciéndome del casco y moviendo mi cabeza de lado a lado para despeinar mi cabello. Pude sentir sus ojos fijos en mí y así fue, cuando lo miré, éste se encontraba aún sentado en la moto, mirándome de arriba abajo.

   Eres muy ágil.
   Lo sé. Anda. Cállate y vamos. —lo cogí de las manos y lo hice bajar. Éste se puso rígido y lo miré con curiosidad— ¿Percibes algo? —asintió y mi respiración se aceleró, al igual que los latidos de mi corazón.
   Lo que percibo me resulta conocido… Es bastante fuerte. Normalmente, cuando hemos tenido contacto con algún ángel caído en otro tiempo, cuando lo percibimos lo hacemos con más fuerza… También depende del tiempo que hayas estado con ese otro. —su voz sonó ronca pero a pesar de ello, puso su mano en mi cintura y me ayudó a caminar hacia las puertas del conservatorio.

Una vez pisamos el suelo del edificio, la mano de Zayn se contrajo más contra la curvatura de mi cintura, y me pegó algo más a él, de forma protectora. Mis manos cayeron en mi vientre y con una de ellas, acariciaba con suavidad el dorso de la suya.

Milena salió de los vestuarios, con el cabello mojado, pero lista para dar la clase a los alumnos que iban los sábados. Se paró en seco al verme, pero las pupilas de sus ojos se hicieron más grandes al parar su atención en Zayn.

Zayn me arrastró hacia un pasillo cercano, y me puso contra la pared. Sus ojos mostraban un fuego interno y un nerviosismo que me asustó.

   Es ella… Es ella lo que percibo. Debería de haberlo sabido antes. —se llevó la mano al puente de su nariz, presionándolo con fuerza.
   ¿Quién es ella? ¿Qué pasa?

   Su nombre real no es Milena. Es Jadelyn. —tragó saliva— Es un ángel caído. Es mi ex novia. 

jueves, 10 de octubre de 2013

Capítulo 22



Como llevaba apuntando desde que había amanecido, iba a llover. Y así era. En cuanto eché a andar hacia el Inferno una tormenta despiadada rompió con toda la tranquilidad —que yo no tenía. Hacía alrededor de diez minutos que llevaba caminando y aún me quedaba una buena caminata… Pero por alguna razón, confiaba en que Zayn no me dejara ir andando hacia el Inferno y viniera a por mí a mitad de camino. Aunque yo no se lo hubiese dicho, sabía que él lo haría. Confiaba en él.

El agua continuaba cayendo de par en par. No hacía daño, pero si me dio frío. Tomé una bocanada de aire, sintiendo como mi aliento formaba una espesa nube de color blanco tenue en al aire por el helor.

Como si el destino hubiese querido darme la razón, un Jeep Commander negro aparcó a mi lado, derrapando y haciendo que las yantas chirriaran contra el asfalto. Las ruedas se quedaron marcadas y una humareda apareció tras aquel derrape. Zayn cerró la puerta de un portazo y tras varias zancadas me abrazó. Sin dudarlo, rodeé su cintura y lo atraje más hacia mí, escondiendo mi rostro en su pecho. Sus manos ocuparon parte de mi cráneo y las pegó más a su pecho.

     Estoy aquí. Tranquila. No va a pasar nada. —dijo y por primera vez me sentí segura— Vamos al coche, anda.

Sin decir nada, me dejé llevar y entré por la puerta del copiloto. Él bordeó el auto y se sentó frente al volante. No arrancó y se quedó mirándome. Callado. Sin decir palabra alguna.

     ¿Qué ha pasado?

No lo miraba. Temía que fuera otra imaginación de las mías. Temblé por un momento, y de nuevo, un par de lágrimas se deslizaron por mis mejillas. Su voz volvió a llamarme y de inmediato lo miré. Necesitándolo. Me daba igual que fuera una imaginación mía. Solo quería verlo.

     ¿Podemos ir a tu casa? —pedí, con la voz entre cortada. Él se quedó mirándome, serio y pude ver en sus ojos una chispa de lástima. Aquello me enfadó y agaché la cabeza, empezando a llorar otra vez— ¿Qué pasa con tu casa?
     Pasa que si te llevo a mi casa temo que no te dejaría ir de ella.

Sonrió y yo hice lo mismo

     ¿Si te llevo a mi casa me contarás lo que ha pasado?

Su tono de voz empleado fue dulce. Acogedor. Asentí con lentitud, quitándome las lágrimas de mi rostro y cuando alcé la cabeza, encontré su rostro a escasos centímetros del mío. Tan escasos que creí desmayarme. Mi corazón dio un vuelco.

     Estás a salvo conmigo… —soltó y colocó una de sus manos en mi rostro, acariciando mi piel mojada y fría. Rozó con su dedo pulgar mi labio inferior y lo trazó. Su tacto me produjo electricidad pero no me moví— No va a pasarte nada mientras yo esté contigo, ¿Vale? No voy a permitirlo.

Dicho aquello, hundió su mano en mi cabello y me atrajo hacia él, haciendo que mi rostro se hundiera en su pecho y así volver a abrazarme. Su olor a menta me acogió y sin pensarlo hice el mismo movimiento de antes. Pasé mis brazos por su cintura, a pesar de estar en una posición incómoda y lo abracé.

_

El Jeep Commander quedó aparcado a el parking vacío del parque de atracciones Delphic.

     ¿Qué hacemos aquí? —pregunté.
     Dijiste que querías venir a mi casa, ¿no?

Fruncí el ceño, un tanto confusa pero no pregunté. Simplemente lo seguí con la mirada. Lo seguí hasta las puertas y éste las saltó ágilmente. Segundos después me abrió la puerta para que yo no tuviera que saltar, y pasé.  Zayn continuó caminando y se paró frente a una desvencijada caseta de mantenimiento que se encontraba al lado de la montaña rusa el Arcángel.

Aquello me hizo tener un claro escalofrío pero tomé una gran bocanada de aire y confié.
     ¿Qué hay en la caseta? —pregunté, mirándola por fuera.
     Mi casa.

Mi ceño volvió a fruncirse. Se ve que tenía mucho sentido del humor.

     Oye, hablo en serio. —solté.
     Ya. Y yo. —se rió.

Una vez entramos eché un vistazo a todo. Era completamente oscuro, sin ventanas si quiera. Cuando cerró la puerta tras de mí, todo oscureció por completo y a penas se veía nada, pero escuché el sonido de una puerta abrirse bajo mis pies.

     Dame la mano. —pidió. Sin pensármelo, se la di pero parecía estar más abajo que yo. Me cogió de la cintura y me bajó hacia un espacio más abajo del que se encontraba situado la caseta. Permanecimos frente a frente en la oscuridad y podía sentir su aliento chocar contra mi rostro. Se encontraba callado.
     ¿Adónde me llevas?
     Bajo el parque hay un laberinto de túneles, uno encima de otro. Hace muchos años, unos seres sobrenaturales llamados Ángeles Caídos no les gustaba mezclarse con los humanos. Bueno, más bien, no se mezclaban con ellos. —en ese instante solté su mano y di un paso hacia atrás. Había dicho las palabras que había estado invadiendo mis pesadillas en los últimos días. Me miró en la oscuridad y volvió a coger mi mano nuevamente. Nos adentramos en el túnel—Bueno… decían que los ángeles caídos planificaban las ciudades bajo tierra y más tarde construyeron el Delphic encima de su ciudad para así ocultarla.
     ¿Y qué tiene que ver eso contigo? —pregunté, con miedo.

Le escuché reírse.

No me contestó pero me cogió por el codo y continuamos bajando cuesta abajo por los túneles del Delphic. Segundos después, al fin, Zayn se detuvo, abrió una puerta y cogió una cerilla del suelo. La cual prendió.

     Bienvenida a mi casa.

Cada vez tenía más claro que toda aquella historia que me había contado no era una leyenda y que era una forma sutil de decirme lo que él era. O por lo menos, con lo que él estaba aparentado. Nos encontrábamos ante la entrada de un vestíbulo de granito negro que daba a una inmensa habitación, también de granito negro. El suelo estaba cubierto de alfombras de seda en tonos azul marino, gris y negro. Los muebles eran escasos, pero las piezas seleccionadas por Zayn eran elegantes y modernas, de líneas puras y muy artísticas.

     Vaya… —dije, sorprendida.
     No traigo a casi nadie aquí. No quiero compartirlo con todo el mundo, me agrada la intimidad.
     Se nota… —sonreí. Eché un vistazo en torno al estudio parecido a una caverna. Iluminados por la luz de la vela, los sueños y las paredes de granito resplandecían como diamantes.

Zayn encendió más velas.

     La cocina está a la izquierda. —dijo— el dormitorio en la parte de atrás.

Le lancé una mirada coqueta por encima del hombro.

     ¿Estás flirteando conmigo, Zayn? —él se limitó a mirarme, con ojos oscuros pero llenos de deseo. Lo pude leer en ellos— Empiezo a pensar que lo único que quieres es distraerme… Para vete tú a saber qué hacer conmigo. —me apoyé sobre un mueble— Debajo de la verdadera civilización. Solos… —proseguí— El crimen perfecto. ¿No?

Zayn se dejó caer en el sofá de cuero que adornaba su salón y extendió los brazos sobre el respaldo.

     En esta habitación, yo no soy la distracción. —me miró de arriba abajo— Y el crimen tampoco. Menudas piernas.
     Oh, ¿entonces cuál es la distracción?

Noté que me devoraba con la mirada mientras yo recorría la habitación; me examinaba de pies a cabeza y un ardor me recorrió. Un beso hubiera sido menos excitante que lo que estaba experimentando ahora.
Tras el incómodo ardor que si mirada me producía, decidí contemplar un par de cuadros y me detuve en un óleo de colores intensos.

     La caída de los ángeles rebeldes —me informó— Los ángeles celestiales desalojaron a los ángeles rebeldes con violencia. De forma que, los ángeles que son desalojados, están condenados a vivir el resto de sus vidas en el infierno. Y en el cielo, los buenos. El arcángel San Miguel —se levantó y se puso cerca de mí, señalando hacia una de las figuras— expulsó del cielo a los ángeles que se levantaron contra Dios. —me miró— Eres consciente del efecto que tienes sobre mí, ¿no?
     Me estás tomando el pelo.
     Es verdad que disfruto mucho tomándote el pelo, pero hay cosas acerca de las que jamás bromeo. —dijo, y volvió a mirarme de una forma un tanto intensa.

Aquella mirada me informó de más cosas de las que yo quería saber pero de las que él se había limitado a decirme. Él era un ángel caído. Todo encajaba y… si le comunicaba lo que yo sabía sobre él había dos opciones. Una, que se riera de mí. Dos, que aceptara lo dicho.

     Sé que eres un ángel caído. —continuó serio, sin apartar su mirada de la mía— Sé que obligas a los Nefilims a jurar lealtad y luego posees el cuerpo de tu vasallo durante el  Jeshván.
     ¿Qué más sabes? —preguntó.
     Que estás del lado del diablo. —alcé mi mentón y lo miré— Y que esas cicatrices que te cruzan la espalda no son una pelea callejera. Que son las cicatrices que dejaron los arcángeles al arrancarte las alas. Jèrome es uno de los tuyos. Vi sus cicatrices en el partido de fútbol de ayer.

Hizo una mueca de disgusto y se llevó la mano al mentón, acariciando su escasa barba de tres días. Me miró.

     ¿Desde cuándo lo sabes?
     Desde que decidí buscar el por qué de las cicatrices en google. —se rió— No te rías. Google es muy válido para este tipo de cosas.
     No te digo que no. —me miró sonriente, cruzándose de brazos.
     Posees cuerpos. Humanos también. —lo miré— ¿Quieres poseer el mío?
     Hay muchas cosas que tengo en mente para hacerle a tu cuerpo… —me hizo un escáner— pero no me interesa poseerlo. No de la manera en la que lo estás pensando.
     Entonces… ¿No lo niegas? ¿Eres un ángel caído?
     Terrorífico, ¿no?
     Espeluznante. —sonrió de oreja a oreja.
     Entonces no sé por qué no has salido corriendo todavía. —señaló con su cabeza la puerta.
     Porque confío en ti.

Aquello le incomodó y parpadeó un par de veces.

     No quieres hacerme daño… —murmuré y me acerqué a él— Porque sientes algo por mí… —esta vez mi tonó fue más bajito— ¿O no? —busqué su mirada.

En cuanto la encontré, observé como su rostro avanzó con lentitud hacia el mío y segundos después, Zayn me cogió de la barbilla y me besó. Un beso cálido, el cual me hizo sentir un escalofrío que me recorrió sin miedo alguno. Él tenía el pelo mojado a causa de la lluvia, al igual que yo. Sin dudarlo, rodeé su cuello con mis brazos y me puse de puntillas, entreabriendo mis labios para capturar mejor los suyos, haciendo que nuestros labios se amoldaran a la perfección. Era un beso fugaz. Un beso devorador. Sentía hambre. Y lo necesitaba. A juzgar por cómo sus labios se movían sobre los míos, supe enseguida que a él le pasaba lo mismo. Los brazos de Zayn me envolvieron y me sostuvieron con una intensidad que me hizo desear fundirme más profundamente con él.

Noté como su boca sonreía sobre la mía durante un par de segundos y más tarde, de un impulso, rodeé su cintura con mis piernas. Sus manos se mantuvieron firmes en mi trasero y me estampó con suavidad contra una de las paredes, sintiendo como nuestros cuerpos se restregaban el uno con el otro. Llevé una de mis manos hacia su mandíbula, y separé su rostro del mío para dejar de besarnos. Sonreí y me deshice de mi camiseta en aquel instante, dejándola tirada vete tú a saber dónde.

No sabía por qué, pero el hecho de que él fuera de la plebe del diablo, a pesar de ser terrorífico, me hizo desearlo todavía más. Quererlo más. Amarlo más. Sí. Estaba segura de que lo amaba. De que mis sentimientos iban más allá del deseo. Persuasión o atracción. Estaba enamorada. Y estaba enamorada del mismísimo diablo. De la razón por la cual la gente huía… Yo, sin embargo, no huía, me acercaba más a él.

Su cuerpo quemaba contra el mío, como el mismísimo infierno y sentí el roce de sus manos en mi espalda desnuda, como contorneaban mi figura con clase y elegancia. Sin resultar desesperado, lo cual me hacía resultarlo más excitante. Una de sus manos se hundió en mi cabello largo y lacio y segundos después, sentí como me recostaba sobre el colchón de lo que seguramente sería su dormitorio.

Me separé de él un momento y se deshizo de su camiseta cogiéndola por el cuello de ésta. Pude ver su torso moreno y como el tatuaje de unas alas adornaban su pecho. Acaricié su abdomen con mis manos. Suavemente, sin prisa y pude sentir los latidos de su corazón bajo mis manos. Él buscó con sus manos las mías y entrelazó sus dedos con los de mis manos. Deslizó mis brazos por al colchón, poniéndolos sobre mi cabeza y ahora bajó sus besos por mi cuello, dejando leves caricias con su nariz. Su pelo rozaba mi mentón y me hizo sonreír ante aquella acción. Más tarde, bajó sus besos por mi escote y acarició la zona de mi estómago con la nariz, trazando una línea imaginaría… pero paró de lleno cuando se encontró con la tela vaquera de mis tejanos.

Segundos después, me deshice de ellos, quedando únicamente en ropa interior. Por alguna razón, dejé la vergüenza de lado y solo me limité a sentir sus labios contra los míos. Cómo el roce de su lengua hacía tan exquisita aquella acción. Cómo la suavidad de sus suaves labios se topaba con los míos en cada movimiento. Cómo sus manos trazaban mi cuerpo. Cada una de sus caricias era una poesía… Una poesía que me hacía quererla más. Mis manos se encontraban movilizadas por las suyas, entrelazadas con sus dedos.

Sus ojos negros me inspeccionaron. Su respiración agitada, mezclándose con la mía, me hizo abrir los ojos y mirarlo a los mismos. Llevé una de mis manos, sujetas por la suya, hacia su rostro, y acaricié su mentón con suavidad, observando su cara.

     ¿Estás segura de esto? —preguntó. Sus labios rozaron los míos y me volví loca.
     ¿Qué harías si te dijera que es lo que más quiero y lo que más llevo esperando durante toda mi vida?

Sus ojos me contemplaron con cierta esperanza.

     Eres mía… —susurró— Esta noche solo somos tú y yo, Ángel. Y nada ni nadie podrá con ello.

No supe exactamente por qué lo dijo pero juntó su frente con la mía, cerrando los ojos y rozando sus largas pestañas contra mis ojos, lo que me hizo cerrarlos al instante. Segundos después, sentí cómo entraba en mí de una forma lenta y especial. Mi espalda se arqueó con suavidad sobre el colchón y su cuerpo y gemí contra sus labios entre abiertos. Éste continuó con los movimientos pero me besó, haciendo que mis gemidos se ahogaran en sus labios. Como si sólo fuésemos uno. Y así sucedió.

Nos fundimos en uno.