Como llevaba apuntando desde que había amanecido, iba a
llover. Y así era. En cuanto eché a andar hacia el Inferno una tormenta
despiadada rompió con toda la tranquilidad —que yo no tenía. Hacía alrededor de diez minutos que
llevaba caminando y aún me quedaba una buena caminata… Pero por alguna razón,
confiaba en que Zayn no me dejara ir andando hacia el Inferno y viniera a por mí
a mitad de camino. Aunque yo no se lo hubiese dicho, sabía que él lo haría.
Confiaba en él.
El agua
continuaba cayendo de par en par. No hacía daño, pero si me dio frío. Tomé una
bocanada de aire, sintiendo como mi aliento formaba una espesa nube de color
blanco tenue en al aire por el helor.
Como si el
destino hubiese querido darme la razón, un Jeep Commander negro aparcó a mi
lado, derrapando y haciendo que las yantas chirriaran contra el asfalto. Las
ruedas se quedaron marcadas y una humareda apareció tras aquel derrape. Zayn
cerró la puerta de un portazo y tras varias zancadas me abrazó. Sin dudarlo,
rodeé su cintura y lo atraje más hacia mí, escondiendo mi rostro en su pecho.
Sus manos ocuparon parte de mi cráneo y las pegó más a su pecho.
— Estoy
aquí. Tranquila. No va a pasar nada. —dijo y por primera vez me sentí segura— Vamos al
coche, anda.
Sin decir nada, me dejé llevar y entré por la puerta del
copiloto. Él bordeó el auto y se sentó frente al volante. No arrancó y se quedó
mirándome. Callado. Sin decir palabra alguna.
— ¿Qué
ha pasado?
No lo miraba. Temía que fuera
otra imaginación de las mías. Temblé por un momento, y de nuevo, un par de
lágrimas se deslizaron por mis mejillas. Su voz volvió a llamarme y de
inmediato lo miré. Necesitándolo. Me daba igual que fuera una imaginación mía.
Solo quería verlo.
— ¿Podemos
ir a tu casa? —pedí, con la
voz entre cortada. Él se quedó mirándome, serio y pude ver en sus ojos una
chispa de lástima. Aquello me enfadó y agaché la cabeza, empezando a llorar
otra vez— ¿Qué pasa con tu casa?
— Pasa que si te
llevo a mi casa temo que no te dejaría ir de ella.
Sonrió y yo hice lo mismo
— ¿Si te llevo a
mi casa me contarás lo que ha pasado?
Su tono de voz empleado fue dulce. Acogedor. Asentí con
lentitud, quitándome las lágrimas de mi rostro y cuando alcé la cabeza, encontré
su rostro a escasos centímetros del mío. Tan escasos que creí desmayarme. Mi
corazón dio un vuelco.
— Estás
a salvo conmigo… —soltó y colocó
una de sus manos en mi rostro, acariciando mi piel mojada y fría. Rozó con su
dedo pulgar mi labio inferior y lo trazó. Su tacto me produjo electricidad pero
no me moví— No va a pasarte nada mientras yo esté contigo, ¿Vale? No voy a
permitirlo.
Dicho aquello, hundió su mano en mi cabello y me atrajo
hacia él, haciendo que mi rostro se hundiera en su pecho y así volver a
abrazarme. Su olor a menta me acogió y sin pensarlo hice el mismo movimiento de
antes. Pasé mis brazos por su cintura, a pesar de estar en una posición
incómoda y lo abracé.
_
El Jeep Commander quedó aparcado a el parking vacío del parque
de atracciones Delphic.
— ¿Qué
hacemos aquí? —pregunté.
— Dijiste que
querías venir a mi casa, ¿no?
Fruncí el ceño, un tanto confusa pero no pregunté.
Simplemente lo seguí con la mirada. Lo seguí hasta las puertas y éste las saltó
ágilmente. Segundos después me abrió la puerta para que yo no tuviera que
saltar, y pasé. Zayn continuó caminando
y se paró frente a una desvencijada caseta de mantenimiento que se encontraba
al lado de la montaña rusa el Arcángel.
Aquello me hizo
tener un claro escalofrío pero tomé una gran bocanada de aire y confié.
— ¿Qué hay en la
caseta? —pregunté, mirándola por fuera.
— Mi casa.
Mi ceño volvió
a fruncirse. Se ve que tenía mucho sentido del humor.
— Oye, hablo en
serio. —solté.
— Ya. Y yo. —se
rió.
Una vez
entramos eché un vistazo a todo. Era completamente oscuro, sin ventanas si
quiera. Cuando cerró la puerta tras de mí, todo oscureció por completo y a
penas se veía nada, pero escuché el sonido de una puerta abrirse bajo mis pies.
— Dame la mano. —pidió.
Sin pensármelo, se la di pero parecía estar más abajo que yo. Me cogió de la
cintura y me bajó hacia un espacio más abajo del que se encontraba situado la
caseta. Permanecimos frente a frente en la oscuridad y podía sentir su aliento
chocar contra mi rostro. Se encontraba callado.
— ¿Adónde me
llevas?
— Bajo el parque
hay un laberinto de túneles, uno encima de otro. Hace muchos años, unos seres
sobrenaturales llamados Ángeles Caídos no les gustaba mezclarse con los
humanos. Bueno, más bien, no se mezclaban con ellos. —en ese instante solté su
mano y di un paso hacia atrás. Había dicho las palabras que había estado
invadiendo mis pesadillas en los últimos días. Me miró en la oscuridad y volvió
a coger mi mano nuevamente. Nos adentramos en el túnel—Bueno… decían que los
ángeles caídos planificaban las ciudades bajo tierra y más tarde construyeron
el Delphic encima de su ciudad para así ocultarla.
— ¿Y qué tiene
que ver eso contigo? —pregunté, con miedo.
Le escuché
reírse.
No me contestó
pero me cogió por el codo y continuamos bajando cuesta abajo por los túneles
del Delphic. Segundos después, al fin, Zayn se detuvo, abrió una puerta y cogió
una cerilla del suelo. La cual prendió.
— Bienvenida a mi
casa.
Cada vez tenía
más claro que toda aquella historia que me había contado no era una leyenda y
que era una forma sutil de decirme lo que él era. O por lo menos, con lo que él
estaba aparentado. Nos encontrábamos ante la entrada de un vestíbulo de granito
negro que daba a una inmensa habitación, también de granito negro. El suelo
estaba cubierto de alfombras de seda en tonos azul marino, gris y negro. Los
muebles eran escasos, pero las piezas seleccionadas por Zayn eran elegantes y
modernas, de líneas puras y muy artísticas.
— Vaya… —dije,
sorprendida.
— No traigo a
casi nadie aquí. No quiero compartirlo con todo el mundo, me agrada la
intimidad.
— Se nota… —sonreí.
Eché un vistazo en torno al estudio parecido a una caverna. Iluminados por la
luz de la vela, los sueños y las paredes de granito resplandecían como
diamantes.
Zayn encendió
más velas.
— La cocina está
a la izquierda. —dijo— el dormitorio en la parte de atrás.
Le lancé una
mirada coqueta por encima del hombro.
— ¿Estás
flirteando conmigo, Zayn? —él se limitó a mirarme, con ojos oscuros pero llenos
de deseo. Lo pude leer en ellos— Empiezo a pensar que lo único que quieres es
distraerme… Para vete tú a saber qué hacer conmigo. —me apoyé sobre un mueble—
Debajo de la verdadera civilización. Solos… —proseguí— El crimen perfecto. ¿No?
Zayn se dejó
caer en el sofá de cuero que adornaba su salón y extendió los brazos sobre el respaldo.
— En esta
habitación, yo no soy la distracción. —me miró de arriba abajo— Y el crimen
tampoco. Menudas piernas.
— Oh, ¿entonces
cuál es la distracción?
Noté que me
devoraba con la mirada mientras yo recorría la habitación; me examinaba de pies
a cabeza y un ardor me recorrió. Un beso hubiera sido menos excitante que lo
que estaba experimentando ahora.
Tras el
incómodo ardor que si mirada me producía, decidí contemplar un par de cuadros y
me detuve en un óleo de colores intensos.
— La caída de los
ángeles rebeldes —me informó— Los ángeles celestiales desalojaron a los ángeles
rebeldes con violencia. De forma que, los ángeles que son desalojados, están
condenados a vivir el resto de sus vidas en el infierno. Y en el cielo, los
buenos. El arcángel San Miguel —se levantó y se puso cerca de mí, señalando
hacia una de las figuras— expulsó del cielo a los ángeles que se levantaron
contra Dios. —me miró— Eres consciente del efecto que tienes sobre mí, ¿no?
— Me estás
tomando el pelo.
— Es verdad que
disfruto mucho tomándote el pelo, pero hay cosas acerca de las que jamás
bromeo. —dijo, y volvió a mirarme de una forma un tanto intensa.
Aquella mirada
me informó de más cosas de las que yo quería saber pero de las que él se había
limitado a decirme. Él era un ángel caído. Todo encajaba y… si le comunicaba lo
que yo sabía sobre él había dos opciones. Una, que se riera de mí. Dos, que
aceptara lo dicho.
— Sé que eres un
ángel caído. —continuó serio, sin apartar su mirada de la mía— Sé que obligas a
los Nefilims a jurar lealtad y luego posees el cuerpo de tu vasallo durante el Jeshván.
— ¿Qué más sabes?
—preguntó.
— Que estás del
lado del diablo. —alcé mi mentón y lo miré— Y que esas cicatrices que te cruzan
la espalda no son una pelea callejera. Que son las cicatrices que dejaron los
arcángeles al arrancarte las alas. Jèrome es uno de los tuyos. Vi sus
cicatrices en el partido de fútbol de ayer.
Hizo una mueca
de disgusto y se llevó la mano al mentón, acariciando su escasa barba de tres
días. Me miró.
— ¿Desde cuándo
lo sabes?
— Desde que
decidí buscar el por qué de las cicatrices en google. —se rió— No te rías.
Google es muy válido para este tipo de cosas.
— No te digo que
no. —me miró sonriente, cruzándose de brazos.
— Posees cuerpos.
Humanos también. —lo miré— ¿Quieres poseer el mío?
— Hay muchas
cosas que tengo en mente para hacerle a tu cuerpo… —me hizo un escáner— pero no
me interesa poseerlo. No de la manera en la que lo estás pensando.
— Entonces… ¿No
lo niegas? ¿Eres un ángel caído?
— Terrorífico,
¿no?
— Espeluznante. —sonrió
de oreja a oreja.
— Entonces no sé
por qué no has salido corriendo todavía. —señaló con su cabeza la puerta.
— Porque confío
en ti.
Aquello le
incomodó y parpadeó un par de veces.
— No quieres
hacerme daño… —murmuré y me acerqué a él— Porque sientes algo por mí… —esta vez
mi tonó fue más bajito— ¿O no? —busqué su mirada.
En cuanto la
encontré, observé como su rostro avanzó con lentitud hacia el mío y segundos
después, Zayn me cogió de la barbilla y me besó. Un beso cálido, el cual me
hizo sentir un escalofrío que me recorrió sin miedo alguno. Él tenía el pelo
mojado a causa de la lluvia, al igual que yo. Sin dudarlo, rodeé su cuello con
mis brazos y me puse de puntillas, entreabriendo mis labios para capturar mejor
los suyos, haciendo que nuestros labios se amoldaran a la perfección. Era un
beso fugaz. Un beso devorador. Sentía hambre. Y lo necesitaba. A juzgar por cómo
sus labios se movían sobre los míos, supe enseguida que a él le pasaba lo mismo.
Los brazos de Zayn me envolvieron y me sostuvieron con una intensidad que me
hizo desear fundirme más profundamente con él.
Noté como su
boca sonreía sobre la mía durante un par de segundos y más tarde, de un
impulso, rodeé su cintura con mis piernas. Sus manos se mantuvieron firmes en
mi trasero y me estampó con suavidad contra una de las paredes, sintiendo como
nuestros cuerpos se restregaban el uno con el otro. Llevé una de mis manos
hacia su mandíbula, y separé su rostro del mío para dejar de besarnos. Sonreí y
me deshice de mi camiseta en aquel instante, dejándola tirada vete tú a saber
dónde.
No sabía por
qué, pero el hecho de que él fuera de la plebe del diablo, a pesar de ser
terrorífico, me hizo desearlo todavía más. Quererlo más. Amarlo más. Sí. Estaba
segura de que lo amaba. De que mis sentimientos iban más allá del deseo.
Persuasión o atracción. Estaba enamorada. Y estaba enamorada del mismísimo
diablo. De la razón por la cual la gente huía… Yo, sin embargo, no huía, me
acercaba más a él.
Su cuerpo
quemaba contra el mío, como el mismísimo infierno y sentí el roce de sus manos
en mi espalda desnuda, como contorneaban mi figura con clase y elegancia. Sin
resultar desesperado, lo cual me hacía resultarlo más excitante. Una de sus
manos se hundió en mi cabello largo y lacio y segundos después, sentí como me
recostaba sobre el colchón de lo que seguramente sería su dormitorio.
Me separé de él
un momento y se deshizo de su camiseta cogiéndola por el cuello de ésta. Pude
ver su torso moreno y como el tatuaje de unas alas adornaban su pecho. Acaricié
su abdomen con mis manos. Suavemente, sin prisa y pude sentir los latidos de su
corazón bajo mis manos. Él buscó con sus manos las mías y entrelazó sus dedos
con los de mis manos. Deslizó mis brazos por al colchón, poniéndolos sobre mi
cabeza y ahora bajó sus besos por mi cuello, dejando leves caricias con su
nariz. Su pelo rozaba mi mentón y me hizo sonreír ante aquella acción. Más
tarde, bajó sus besos por mi escote y acarició la zona de mi estómago con la
nariz, trazando una línea imaginaría… pero paró de lleno cuando se encontró con
la tela vaquera de mis tejanos.
Segundos
después, me deshice de ellos, quedando únicamente en ropa interior. Por alguna
razón, dejé la vergüenza de lado y solo me limité a sentir sus labios contra
los míos. Cómo el roce de su lengua hacía tan exquisita aquella acción. Cómo la
suavidad de sus suaves labios se topaba con los míos en cada movimiento. Cómo
sus manos trazaban mi cuerpo. Cada una de sus caricias era una poesía… Una poesía
que me hacía quererla más. Mis manos se encontraban movilizadas por las suyas,
entrelazadas con sus dedos.
Sus ojos negros
me inspeccionaron. Su respiración agitada, mezclándose con la mía, me hizo
abrir los ojos y mirarlo a los mismos. Llevé una de mis manos, sujetas por la
suya, hacia su rostro, y acaricié su mentón con suavidad, observando su cara.
— ¿Estás segura
de esto? —preguntó. Sus labios rozaron los míos y me volví loca.
— ¿Qué harías si
te dijera que es lo que más quiero y lo que más llevo esperando durante toda mi
vida?
Sus ojos me
contemplaron con cierta esperanza.
— Eres mía… —susurró—
Esta noche solo somos tú y yo, Ángel. Y nada ni nadie podrá con ello.
No supe
exactamente por qué lo dijo pero juntó su frente con la mía, cerrando los ojos
y rozando sus largas pestañas contra mis ojos, lo que me hizo cerrarlos al
instante. Segundos después, sentí cómo entraba en mí de una forma lenta y
especial. Mi espalda se arqueó con suavidad sobre el colchón y su cuerpo y gemí
contra sus labios entre abiertos. Éste continuó con los movimientos pero me besó,
haciendo que mis gemidos se ahogaran en sus labios. Como si sólo fuésemos uno.
Y así sucedió.
Nos fundimos en
uno.