jueves, 10 de octubre de 2013

Capítulo 22



Como llevaba apuntando desde que había amanecido, iba a llover. Y así era. En cuanto eché a andar hacia el Inferno una tormenta despiadada rompió con toda la tranquilidad —que yo no tenía. Hacía alrededor de diez minutos que llevaba caminando y aún me quedaba una buena caminata… Pero por alguna razón, confiaba en que Zayn no me dejara ir andando hacia el Inferno y viniera a por mí a mitad de camino. Aunque yo no se lo hubiese dicho, sabía que él lo haría. Confiaba en él.

El agua continuaba cayendo de par en par. No hacía daño, pero si me dio frío. Tomé una bocanada de aire, sintiendo como mi aliento formaba una espesa nube de color blanco tenue en al aire por el helor.

Como si el destino hubiese querido darme la razón, un Jeep Commander negro aparcó a mi lado, derrapando y haciendo que las yantas chirriaran contra el asfalto. Las ruedas se quedaron marcadas y una humareda apareció tras aquel derrape. Zayn cerró la puerta de un portazo y tras varias zancadas me abrazó. Sin dudarlo, rodeé su cintura y lo atraje más hacia mí, escondiendo mi rostro en su pecho. Sus manos ocuparon parte de mi cráneo y las pegó más a su pecho.

     Estoy aquí. Tranquila. No va a pasar nada. —dijo y por primera vez me sentí segura— Vamos al coche, anda.

Sin decir nada, me dejé llevar y entré por la puerta del copiloto. Él bordeó el auto y se sentó frente al volante. No arrancó y se quedó mirándome. Callado. Sin decir palabra alguna.

     ¿Qué ha pasado?

No lo miraba. Temía que fuera otra imaginación de las mías. Temblé por un momento, y de nuevo, un par de lágrimas se deslizaron por mis mejillas. Su voz volvió a llamarme y de inmediato lo miré. Necesitándolo. Me daba igual que fuera una imaginación mía. Solo quería verlo.

     ¿Podemos ir a tu casa? —pedí, con la voz entre cortada. Él se quedó mirándome, serio y pude ver en sus ojos una chispa de lástima. Aquello me enfadó y agaché la cabeza, empezando a llorar otra vez— ¿Qué pasa con tu casa?
     Pasa que si te llevo a mi casa temo que no te dejaría ir de ella.

Sonrió y yo hice lo mismo

     ¿Si te llevo a mi casa me contarás lo que ha pasado?

Su tono de voz empleado fue dulce. Acogedor. Asentí con lentitud, quitándome las lágrimas de mi rostro y cuando alcé la cabeza, encontré su rostro a escasos centímetros del mío. Tan escasos que creí desmayarme. Mi corazón dio un vuelco.

     Estás a salvo conmigo… —soltó y colocó una de sus manos en mi rostro, acariciando mi piel mojada y fría. Rozó con su dedo pulgar mi labio inferior y lo trazó. Su tacto me produjo electricidad pero no me moví— No va a pasarte nada mientras yo esté contigo, ¿Vale? No voy a permitirlo.

Dicho aquello, hundió su mano en mi cabello y me atrajo hacia él, haciendo que mi rostro se hundiera en su pecho y así volver a abrazarme. Su olor a menta me acogió y sin pensarlo hice el mismo movimiento de antes. Pasé mis brazos por su cintura, a pesar de estar en una posición incómoda y lo abracé.

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El Jeep Commander quedó aparcado a el parking vacío del parque de atracciones Delphic.

     ¿Qué hacemos aquí? —pregunté.
     Dijiste que querías venir a mi casa, ¿no?

Fruncí el ceño, un tanto confusa pero no pregunté. Simplemente lo seguí con la mirada. Lo seguí hasta las puertas y éste las saltó ágilmente. Segundos después me abrió la puerta para que yo no tuviera que saltar, y pasé.  Zayn continuó caminando y se paró frente a una desvencijada caseta de mantenimiento que se encontraba al lado de la montaña rusa el Arcángel.

Aquello me hizo tener un claro escalofrío pero tomé una gran bocanada de aire y confié.
     ¿Qué hay en la caseta? —pregunté, mirándola por fuera.
     Mi casa.

Mi ceño volvió a fruncirse. Se ve que tenía mucho sentido del humor.

     Oye, hablo en serio. —solté.
     Ya. Y yo. —se rió.

Una vez entramos eché un vistazo a todo. Era completamente oscuro, sin ventanas si quiera. Cuando cerró la puerta tras de mí, todo oscureció por completo y a penas se veía nada, pero escuché el sonido de una puerta abrirse bajo mis pies.

     Dame la mano. —pidió. Sin pensármelo, se la di pero parecía estar más abajo que yo. Me cogió de la cintura y me bajó hacia un espacio más abajo del que se encontraba situado la caseta. Permanecimos frente a frente en la oscuridad y podía sentir su aliento chocar contra mi rostro. Se encontraba callado.
     ¿Adónde me llevas?
     Bajo el parque hay un laberinto de túneles, uno encima de otro. Hace muchos años, unos seres sobrenaturales llamados Ángeles Caídos no les gustaba mezclarse con los humanos. Bueno, más bien, no se mezclaban con ellos. —en ese instante solté su mano y di un paso hacia atrás. Había dicho las palabras que había estado invadiendo mis pesadillas en los últimos días. Me miró en la oscuridad y volvió a coger mi mano nuevamente. Nos adentramos en el túnel—Bueno… decían que los ángeles caídos planificaban las ciudades bajo tierra y más tarde construyeron el Delphic encima de su ciudad para así ocultarla.
     ¿Y qué tiene que ver eso contigo? —pregunté, con miedo.

Le escuché reírse.

No me contestó pero me cogió por el codo y continuamos bajando cuesta abajo por los túneles del Delphic. Segundos después, al fin, Zayn se detuvo, abrió una puerta y cogió una cerilla del suelo. La cual prendió.

     Bienvenida a mi casa.

Cada vez tenía más claro que toda aquella historia que me había contado no era una leyenda y que era una forma sutil de decirme lo que él era. O por lo menos, con lo que él estaba aparentado. Nos encontrábamos ante la entrada de un vestíbulo de granito negro que daba a una inmensa habitación, también de granito negro. El suelo estaba cubierto de alfombras de seda en tonos azul marino, gris y negro. Los muebles eran escasos, pero las piezas seleccionadas por Zayn eran elegantes y modernas, de líneas puras y muy artísticas.

     Vaya… —dije, sorprendida.
     No traigo a casi nadie aquí. No quiero compartirlo con todo el mundo, me agrada la intimidad.
     Se nota… —sonreí. Eché un vistazo en torno al estudio parecido a una caverna. Iluminados por la luz de la vela, los sueños y las paredes de granito resplandecían como diamantes.

Zayn encendió más velas.

     La cocina está a la izquierda. —dijo— el dormitorio en la parte de atrás.

Le lancé una mirada coqueta por encima del hombro.

     ¿Estás flirteando conmigo, Zayn? —él se limitó a mirarme, con ojos oscuros pero llenos de deseo. Lo pude leer en ellos— Empiezo a pensar que lo único que quieres es distraerme… Para vete tú a saber qué hacer conmigo. —me apoyé sobre un mueble— Debajo de la verdadera civilización. Solos… —proseguí— El crimen perfecto. ¿No?

Zayn se dejó caer en el sofá de cuero que adornaba su salón y extendió los brazos sobre el respaldo.

     En esta habitación, yo no soy la distracción. —me miró de arriba abajo— Y el crimen tampoco. Menudas piernas.
     Oh, ¿entonces cuál es la distracción?

Noté que me devoraba con la mirada mientras yo recorría la habitación; me examinaba de pies a cabeza y un ardor me recorrió. Un beso hubiera sido menos excitante que lo que estaba experimentando ahora.
Tras el incómodo ardor que si mirada me producía, decidí contemplar un par de cuadros y me detuve en un óleo de colores intensos.

     La caída de los ángeles rebeldes —me informó— Los ángeles celestiales desalojaron a los ángeles rebeldes con violencia. De forma que, los ángeles que son desalojados, están condenados a vivir el resto de sus vidas en el infierno. Y en el cielo, los buenos. El arcángel San Miguel —se levantó y se puso cerca de mí, señalando hacia una de las figuras— expulsó del cielo a los ángeles que se levantaron contra Dios. —me miró— Eres consciente del efecto que tienes sobre mí, ¿no?
     Me estás tomando el pelo.
     Es verdad que disfruto mucho tomándote el pelo, pero hay cosas acerca de las que jamás bromeo. —dijo, y volvió a mirarme de una forma un tanto intensa.

Aquella mirada me informó de más cosas de las que yo quería saber pero de las que él se había limitado a decirme. Él era un ángel caído. Todo encajaba y… si le comunicaba lo que yo sabía sobre él había dos opciones. Una, que se riera de mí. Dos, que aceptara lo dicho.

     Sé que eres un ángel caído. —continuó serio, sin apartar su mirada de la mía— Sé que obligas a los Nefilims a jurar lealtad y luego posees el cuerpo de tu vasallo durante el  Jeshván.
     ¿Qué más sabes? —preguntó.
     Que estás del lado del diablo. —alcé mi mentón y lo miré— Y que esas cicatrices que te cruzan la espalda no son una pelea callejera. Que son las cicatrices que dejaron los arcángeles al arrancarte las alas. Jèrome es uno de los tuyos. Vi sus cicatrices en el partido de fútbol de ayer.

Hizo una mueca de disgusto y se llevó la mano al mentón, acariciando su escasa barba de tres días. Me miró.

     ¿Desde cuándo lo sabes?
     Desde que decidí buscar el por qué de las cicatrices en google. —se rió— No te rías. Google es muy válido para este tipo de cosas.
     No te digo que no. —me miró sonriente, cruzándose de brazos.
     Posees cuerpos. Humanos también. —lo miré— ¿Quieres poseer el mío?
     Hay muchas cosas que tengo en mente para hacerle a tu cuerpo… —me hizo un escáner— pero no me interesa poseerlo. No de la manera en la que lo estás pensando.
     Entonces… ¿No lo niegas? ¿Eres un ángel caído?
     Terrorífico, ¿no?
     Espeluznante. —sonrió de oreja a oreja.
     Entonces no sé por qué no has salido corriendo todavía. —señaló con su cabeza la puerta.
     Porque confío en ti.

Aquello le incomodó y parpadeó un par de veces.

     No quieres hacerme daño… —murmuré y me acerqué a él— Porque sientes algo por mí… —esta vez mi tonó fue más bajito— ¿O no? —busqué su mirada.

En cuanto la encontré, observé como su rostro avanzó con lentitud hacia el mío y segundos después, Zayn me cogió de la barbilla y me besó. Un beso cálido, el cual me hizo sentir un escalofrío que me recorrió sin miedo alguno. Él tenía el pelo mojado a causa de la lluvia, al igual que yo. Sin dudarlo, rodeé su cuello con mis brazos y me puse de puntillas, entreabriendo mis labios para capturar mejor los suyos, haciendo que nuestros labios se amoldaran a la perfección. Era un beso fugaz. Un beso devorador. Sentía hambre. Y lo necesitaba. A juzgar por cómo sus labios se movían sobre los míos, supe enseguida que a él le pasaba lo mismo. Los brazos de Zayn me envolvieron y me sostuvieron con una intensidad que me hizo desear fundirme más profundamente con él.

Noté como su boca sonreía sobre la mía durante un par de segundos y más tarde, de un impulso, rodeé su cintura con mis piernas. Sus manos se mantuvieron firmes en mi trasero y me estampó con suavidad contra una de las paredes, sintiendo como nuestros cuerpos se restregaban el uno con el otro. Llevé una de mis manos hacia su mandíbula, y separé su rostro del mío para dejar de besarnos. Sonreí y me deshice de mi camiseta en aquel instante, dejándola tirada vete tú a saber dónde.

No sabía por qué, pero el hecho de que él fuera de la plebe del diablo, a pesar de ser terrorífico, me hizo desearlo todavía más. Quererlo más. Amarlo más. Sí. Estaba segura de que lo amaba. De que mis sentimientos iban más allá del deseo. Persuasión o atracción. Estaba enamorada. Y estaba enamorada del mismísimo diablo. De la razón por la cual la gente huía… Yo, sin embargo, no huía, me acercaba más a él.

Su cuerpo quemaba contra el mío, como el mismísimo infierno y sentí el roce de sus manos en mi espalda desnuda, como contorneaban mi figura con clase y elegancia. Sin resultar desesperado, lo cual me hacía resultarlo más excitante. Una de sus manos se hundió en mi cabello largo y lacio y segundos después, sentí como me recostaba sobre el colchón de lo que seguramente sería su dormitorio.

Me separé de él un momento y se deshizo de su camiseta cogiéndola por el cuello de ésta. Pude ver su torso moreno y como el tatuaje de unas alas adornaban su pecho. Acaricié su abdomen con mis manos. Suavemente, sin prisa y pude sentir los latidos de su corazón bajo mis manos. Él buscó con sus manos las mías y entrelazó sus dedos con los de mis manos. Deslizó mis brazos por al colchón, poniéndolos sobre mi cabeza y ahora bajó sus besos por mi cuello, dejando leves caricias con su nariz. Su pelo rozaba mi mentón y me hizo sonreír ante aquella acción. Más tarde, bajó sus besos por mi escote y acarició la zona de mi estómago con la nariz, trazando una línea imaginaría… pero paró de lleno cuando se encontró con la tela vaquera de mis tejanos.

Segundos después, me deshice de ellos, quedando únicamente en ropa interior. Por alguna razón, dejé la vergüenza de lado y solo me limité a sentir sus labios contra los míos. Cómo el roce de su lengua hacía tan exquisita aquella acción. Cómo la suavidad de sus suaves labios se topaba con los míos en cada movimiento. Cómo sus manos trazaban mi cuerpo. Cada una de sus caricias era una poesía… Una poesía que me hacía quererla más. Mis manos se encontraban movilizadas por las suyas, entrelazadas con sus dedos.

Sus ojos negros me inspeccionaron. Su respiración agitada, mezclándose con la mía, me hizo abrir los ojos y mirarlo a los mismos. Llevé una de mis manos, sujetas por la suya, hacia su rostro, y acaricié su mentón con suavidad, observando su cara.

     ¿Estás segura de esto? —preguntó. Sus labios rozaron los míos y me volví loca.
     ¿Qué harías si te dijera que es lo que más quiero y lo que más llevo esperando durante toda mi vida?

Sus ojos me contemplaron con cierta esperanza.

     Eres mía… —susurró— Esta noche solo somos tú y yo, Ángel. Y nada ni nadie podrá con ello.

No supe exactamente por qué lo dijo pero juntó su frente con la mía, cerrando los ojos y rozando sus largas pestañas contra mis ojos, lo que me hizo cerrarlos al instante. Segundos después, sentí cómo entraba en mí de una forma lenta y especial. Mi espalda se arqueó con suavidad sobre el colchón y su cuerpo y gemí contra sus labios entre abiertos. Éste continuó con los movimientos pero me besó, haciendo que mis gemidos se ahogaran en sus labios. Como si sólo fuésemos uno. Y así sucedió.

Nos fundimos en uno. 

Capítulo 21


El resto del día había pasado con normalidad. Zayn no había aparecido por el instituto. Tampoco Samuel. Menos Jèrome. Tampoco quise darle importancia… Había muchas cosas que unían a Zayn y Jèrome…  ¿Serían ambos ángeles caídos? Cada vez que aquella pregunta me surcaba la mente, un mar de rabia me invadía. ¿Cómo podía ser tan estúpida como para creerme esas patrañas? 

Sí, puede que ambos no fueran del todo normales. Que compartieran más cosas de las que yo pensaba que compartían; como la cicatriz. Pero eso no quería decir que fueran seres sobrenaturales. Mucho menos ángeles caídos. O quizá eso era lo que yo quería creer.

La noche anterior Hanna me comentó de los planes de Samuel y Jayden. Esa misma noche, antes de que yo me encontrara con Zayn, Samuel me había dicho algo de un fin de semana de acampada junto a él, Jayden y Hanna. Había asegurado que mi amiga rubia había aceptado de inmediato, pero la llamada que recibí anoche y tras la charla que tuvimos hasta las tantas de la madrugada me dio a entender que ni ella, ni yo, confiábamos del todo en ellos.

En realidad yo nunca lo hice, pero Hanna sí.

Hanna aparcó su coche en la puerta del conservatorio. Se había ofrecido a traerme en forma de devolución del favor que le había hecho yo al dejarla quedarse en mi casa aquella noche. No solía pedirle los favores de vuelta, pero teniendo en cuenta que no tenía otra forma más rápida de ir a las clases de Ballete, acepté su propuesta. Di un beso en su mejilla y me despedí. Después, entré dando trotes al edificio hasta llegar a la clase de ballete.


Tres minutos tarde. —recriminó Milena, sin dejar de mirar a una de mis compañeras haciendo una complicada coreografía del lago de los cisnes


Parpadeé un par de segundos, sin saber qué decir. Por suerte ya estaba cambiada así que simplemente me limité a hacer los estiramientos con el resto de compañeras. No era ningún tipo de examen, pero íbamos a hacer un pequeño repaso una por una frente a Milena y el gigante espejo que ocupaba una de las paredes. 

Minutos después, dijo mi nombre y corrí a ponerme en posición. Milena me inspeccionó, girando a mí alrededor, observándome de arriba abajo. Por alguna razón, me sentí intimidada y temblé. El corazón se me disparó sin saber yo por qué.


¿Estás segura de que vas a poder hacerlo? —preguntó, dando un par de pasos hacia atrás para observarme a más distancia.
Claro. —logré decirlo sin tartamudear y la miré. 


La música comenzó a sonar y cuando dieron los golpes de música que indicaban cual era el inicio del baile, me dispuse a ello. Todo parecía salir de maravilla, hasta que sentí una leve presión arremolinándose en mi cabeza. Comencé a sudar, de una forma tan grotesca que incluso me asusté. Mis brazos temblaban, al igual que mis piernas y… de repente, el suelo comenzó a inclinarse hacia abajo. De forma instintiva, aún mareada, corrí hacia la barra que se encontraba pegada al espejo y me aferré a ésta.

Una especie de sombra maligna apareció en el fondo del suelo tras haberse inclinado éste. Vi el fuego. Unos ojos rojos me aterraron y me hicieron soltar un chillido. El suelo cada vez se inclinaba más y más y sentía que me caía, por lo que opté a agarrarme con más fuerza a la barandilla, sintiendo como mi cintura tocaba el suelo y mis mejillas se empapaban de sudor.

No había nadie en la sala. Mis compañeras habían desaparecido, al igual que Milena. Me encontraba yo sola. En una absoluta. Los ojos habían desaparecido pero el suelo continuaba inclinándose. Como si fuera un precipicio. Mis manos se encontraban sudorosas, por lo que poco tardaría en caer, pero no solo por eso, si no porque ya sentía el dolor de mis brazos. Temía por ellos y fue entonces cuando sentí un crujido en uno de mis hombros, que me indicaba que ya no estaban del todo bien…


¡Ayuda! ¡Ayuda! —grité llorando. Aquello salió de mi garganta como si fuera la única escapatoria que tenía. Y es que así era— Por favor que alguien me ayude —sollocé.


Sentí como algo aferraba mi tobillo y grité más fuerte. Uno de mis brazos se soltó y sentí la punzada de dolor en mi hombro que indicaba que claramente éste no estaba bien. Estaba prácticamente colgando, fuera de su sitio común. Grité aún más fuerte por el dolor.


¡Heäven! —sentí como me zarandeaban. Yo continuaba gritando hasta que abrí los ojos y contemplé los grisáceos de Milena— ¿Qué te pasa? 


Me levanté prácticamente de un brinco y miré a mi alrededor. Todo se encontraba en su sitio. El suelo plano. Mis compañeras al fondo de la sala. Unas asustadas. Otras riéndose de lo sucedido. Me toqué el brazo, palpándolo hasta llegar al hombro y en ese instante me giré para mirarme al espejo y ver que todo estaba en su sitio. 


¡Heäven! —exclamó la profesora, esta vez en un tono autoritario— ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué estabas gritando?


Opté por dos opciones. Aún me encontraba confundida y mareada así que… o bien le comentaba todo lo que mi mente había digerido, o bien le decía que no había sido nada. Que todo había sido una actuación porque no me acordaba del resto de la coreografía. Opté por lo segundo.


No es nada. —mentí— Es solo que… —miré a mis compañeras. Muchas con los labios apretados para no estallar en carcajadas— Nada. Ha sido una confusión.


Con una mano en la cabeza, cogí mis cosas y salí del aula. Lo que me había pasado no había sido una imaginación. Estaba segura de ello. Todo era real. El dolor… El suelo. Todo. Absolutamente todo. Pero… ¿Por qué los demás no lo habían visto? ¿Por qué de repente había vuelto a la realidad como si nada? ¿A caso me estaba volviendo loca? ¿Era por todo lo que había leído de ángeles caídos? ¿Y si verdaderamente necesitaba un psiquiatra? No continué preocupándome más y en cuanto pude, pillé un taxi el cual media hora después me dejó en casa. 


Buenas tardes. —dije, esperando respuesta por parte de Dorothea. No la hubo— ¿Dorothea? 


Mi ceño se frunció y dejé caer de mi hombro la mochila. Cerré de un portazo, con llave y me encaminé hacia la cocina. No había nadie. Ni si quiera una nota por parte de Thea en la que me informara que había salido a hacer algo. Y aquello era todavía mucho más raro. Cogí el teléfono, buscando el marcar los números del móvil que se suponía que Dorothea llevaba siempre en mano pero por alguna extraña razón no había señal. El teléfono no funcionaba. 

Lo colgué, pero repentinamente comenzó a sonar. Aquello me desconcertó y me giré con lentitud, observando el aparato sonar con frenesí. Parecía que iba a explotar si no lo cogía cuanto antes. Continuaba sonando y cada vez más deprisa y más fuerte. Mi respiración se agitó y terminé por descolgar:


¡¿Quién es?! —exclamé casi llorando.
Nena… soy yo. —Era Hanna.
Hanna… Dios… —suspiré, sintiendo una oleada de alivio y besé el teléfono como acto automático.
¿Estás bien? —preguntó intrigada.
Sí… Sí. Tranquila. ¿Qué pasa? ¿Cómo sabes que estaba en casa?
Me ha llamado Milena diciendo que te has ido corriendo de la clase. 
¿Por qué te ha llamado a ti? 
No lo sé. —un silencio nos invadió durante unos largos segundos, hasta que volvió a hablar— Samuel me ha vuelto a llamar. —susurró. Asustada. 
¿Qué te ha dicho?
Ha insistido. En la acampada. —explicó— Parecía desesperado. Parecía como que si no fuéramos fuese a suceder algo. No sé qué hacer.
No ir. —dije rotundamente.
Ya… supongo. Lo siento por molestarte. Voy a estudiar. —colgó.


¿Hanna? ¿Estudiar? ¿Desde cuándo? 

La llamada de Hanna había logrado tranquilizarme algo. No del todo, puesto que para lo que se había limitado a llamarme más que tranquilidad me había metido miedo, pero tras lo sucedido quería escuchar una voz cercana. Una humana. Hubiese preferido escuchar la voz de Zayn. Con él me sentía protegida. 

Salí de la cocina, con un vaso de agua fría para tomarme una pastilla. La cabeza me iba a estallar… Pero no fue mi cabeza la que estalló. Fue el vaso que llevaba entre mis manos, que cayó al suelo en cuanto contemplé la puerta de mi casa abierta de par en par. Una ráfaga de aire entró por ésta, descolocando las cortinas y haciendo que hojas volaran y se adentraran en mi casa. Cerré de un golpe, sintiendo el golpe frenético de mi corazón.

Observé toda mi casa aún apoyada en la puerta y escuché unas pisadas y un golpe fuerte en la parte de arriba de mi casa. Sin pensármelo, subí los escalones de dos en dos y vi la puerta de mi cuarto abierta. Una oleada de miedo me paralizó y me replanteé el seguir caminando. Vacilé un par de segundos hasta que me eché a andar decidida. Derrapé cuando me aferré al marco de la puerta de mi cuarto y sentí como el alma se me caía al suelo y los ojos se me llenaban de lágrimas al contemplar un cuerpo tendido en el suelo rodeado de un gran charco de sangre.

De mis ojos comenzaron a brotar lágrimas en cuanto reconocí el cuerpo de Dorothea tendido en el suelo. Observé el resto del cuarto, completamente desordenado y la ventana abierta de par en par. Ninguna explicación racional se me pasaba por la cabeza. Ni si quiera irracional. Nada. Estaba bloqueada y lo único que hice fue correr a coger mi móvil para marcar el número de la policía. La policía descolgó enseguida mi llamada y tras darle los datos de lo ocurrido y de mi casa vinieron prácticamente corriendo. 

Sollocé y me dejé caer justo al lado del cuerpo de Dorothea, sintiendo como mis mayas se teñían del rojo oscuro de su sangre. Como la sangre empapaba mis rodillas. Mis manos no sabían qué tocar o qué hacer. Simplemente me limitaba a llorar y terminé cubriéndome el rostro.

Continué llorando. Sin moverme. En la misma posición, hasta que el timbre sonó. Me levanté corriendo y patiné por el pasillo, derrapando en las escaleras. Las bajé corriendo y abrí la puerta.


Inspectores Brown y Jones. ¿Es aquí de donde hemos recibido una llamada de supuesto homicidio? —sus ojos azules se clavaron en mí. Yo simplemente asentí. Frenéticamente.
Está en mi dormitorio. Está todo manchado de sangre. 
¿Cómo ha pasado? —preguntaron mientras subían las escaleras.
No… No lo sé. Es nuestra cuidadora. Cuando mi madre abandona la granja para irse ella se queda a mi cuidado. He llegado y no estaba por aquí. De repente la puerta estaba abierta y escuché un ruido en la zona de arriba —conté, justo llegando al pasillo. Mi voz se trababa— Entré y la vi tendida en el suelo. 


Los inspectores pararon frente a la puerta de mi cuarto abierta. Se quedaron mirando y luego se miraron entre ellos con el ceño fruncido. Yo me encontraba demasiado traumatizada como para volver a presenciar la imagen. 


Señorita… ¿Está segura de lo que dice? —no entendí aquello.


Con miedo, fruncí el ceño, sintiendo mi cara empapada por las lágrimas y caminé hacia la puerta de mi cuarto. No había nada. Absolutamente nada. Todo estaba en orden. Mis cosas en su sitio. La ventana cerrada. No había ningún cuerpo en el suelo. Ni si quiera sangre. Miré mis rodillas. Limpias. 


Pero yo… yo lo he visto —musité. El timbre volvió a sonar. Los inspectores Jones y Brown se miraron confusos y después me miraron a mí. Bajaron y tras unos segundos les seguí. Abrieron la puerta.
Hola… —la voz agria de Dorothea inundó mis oídos. Cargaba unas bolsas de plástico de un mercado cercano en la que llevaba comida. Me miró— ¿Quiénes son estos?
Do… Dorothea… —tartamudeé, en un susurro. Sentí mis ojos arder y el pálpito de mi corazón en mi cabeza y mis oídos. Me apoyé sobre la puerta y los inspectores me miraron.
¿Se encuentra bien? 
No. —confesé.
Será mejor que acuda al médico. —volvieron a mirarse de forma cómplice y el inspector que supuestamente era Jones no le quitó el ojo de encima a Dorothea— Brown, inspeccione la casa una vez más. —El inspector Brown le hizo caso y Jones me miró— ¿Esa era la tal Dorothea? —sacó una libreta y un bolígrafo. Yo asentí. — ¿No decías que la habías visto muerta en tu cuarto? —volví a asentir— ¿Entonces?
No… No sé. Estoy asustada. —temblé— Le juro que lo vi. No fui una imaginación. Lo juro… 
Ya… bueno. —miró por encima de mi hombro. Brown se acercaba— ¿Has encontrado algo?
No. Nada. Todo en orden. —se colocó al lado de Jones— Vas a tener que tragarte una multa.
¡¿Qué?! ¿Por qué?
Los policías no estamos para bromas con las que pasar el rato. —sacó una libreta también y apuntó un número. $200. 
¿Doscientos dólares? —exclamé abriendo los ojos de par en par.
Lo siento mucho.


Dicho aquello, se fueron hacia el coche patrulla y desaparecieron de la granja pero yo era muy consciente de que lo que había visto había sucedido de verdad. Dorothea me daba miedo. Por una vez. Sentía escalofríos cada vez que la miraba. Me acerqué a la cocina y la contemplé dejar las cosas en los muebles de la cocina.


Perdona por tardar, Cielo. Fui a comprar para prepararte la cena.
No tengo hambre. —dije y temblé. Otra vez— Voy a ir a casa de Hanna… Tenemos que hacer un trabajo.
¿Volverás a dormir? —preguntó, mirándome de forma intensiva.
No lo sé. Te llamo para informarte.


Salí de la cocina y me dirigí a mi cuarto. Lo contemplé una vez más. Todo en orden. Me deshice de la ropa de ballete y me hice con unos tejanos y una camiseta holgada. Acto seguido, salí por la puerta de entrada y saqué mi móvil de mi bolsillo trasero del pantalón. Marqué el número de Zayn. Enseguida contestó:


Ángel… —escuché su voz, y un escalofrío me recorrió. Rompí a llorar.
Te necesito. Por favor. ¿Puedes venir a recogerme? —mi voz tembló y él lo notó.
Sí. Sí. ¿Dónde estás?
Estoy saliendo de mi casa. Me dirijo hacia el Inferno. —la discoteca de moda.
¿Tan lejos? —su tono era preocupado.
Necesito estar lejos de mi casa. Necesito estar contigo. —sollocé una vez más— Por favor… Ven a recogerme. 

jueves, 3 de octubre de 2013

Capítulo 20

Tras aquel encuentro fortuito con Zayn, llegué a casa, algo más confusa de lo que ya estaba. No había respondido directamente a la pregunta que le había hecho, pero de algún modo me había dicho que sí. Si una persona cree en el cielo… de alguna manera u otra, debe creer en el infierno. Pues si existe el bien, existe el mal. O por lo menos yo lo veía de aquel modo. Sabía que Zayn escondía secretos. No solo él, también Jèrome… y por lo visto, Samuel y Jayden también tenían algo que ver con todo aquello.

Entré en casa, y vi a mi madre recoger los platos de la mesa. Brittany y el señor Strauss ya se habían ido y aquello me relajó. Pero no del todo, ahora se venía la parte fuerte. La bronca monumental hacia mí. Procedí por el salón, masajeando mis sienes y… para mi sorpresa, mamá se sentó junto a mí con un tazón de chocolate caliente.

   Lo siento… musité, tomando el tazón entre mis manos.
   No pasa nada.

¿No pasaba nada? ¿De verdad?

   He llamado a Dorothea para que venga a dormir contigo pegó un sorbo al tazón, yo sin embargo no aparte mi mirada de ella— acaba de llamarme mi jefe, me ha pedido que por favor vaya a la oficina mañana sin falta. Así que vuelves a quedarte sola unos días… No tardaré mucho en volver, te lo prometo.

Asentí sin más, esperando que ella continuara.

   Me voy en unas horas.
   Pero es peligroso mamá, es muy de noche. repliqué.
   Lo sé, pero si quiero estar allí mañana temprano debo de salir en nada.

Me encerré en mi cuarto, recargando mi teso sobre la puerta e intentando asimilar todo por lo que había pasado en los últimos días. Todas mis pesadillas y comeduras de cabeza se resumían en Zayn. Ángeles caídos y cicatrices. Un sinfín de paranoias que si la psicóloga del instituto me las tomara en cuenta ya le habría obligado a mi madre a contratar a un psiquiatra.

El sonido de algo ligero caer dentro de mi cuarto hizo que repentinamente saliese de mis pensamientos, buscando con mi mirada qué era lo que había causado aquel ruido. Vi una pequeña bola de papel tirada en el suelo y mi mirada fue de aquella bola hacia la ventana la cual se encontraba abierta.

Yo no la había abierto.  

Caminé hacia la bola de papel y la abrí con miedo. Últimamente los únicos mensajes mediante estos trozos de papel que había recibido habían sido amenazas anónimas y no podía estar tranquila. Mucho menos ante la aparición tan siniestra de ésta.

“Mira por la ventana”

Era lo único que se encontraba escrito. Fijé mi mirada en la ventana. En el cielo negro intenso y fruncí el ceño. Volví a mirar el papelito y le di un par de vueltas para ver si había algo más escrito. No. Nada. Me acerqué a la ventana y apoyando mis manos en el alféizar me incliné sobre ésta buscando con la mirada a alguien, fue entonces cuando una ligera sonrisa blanca destelló en la oscuridad e hizo que mi corazón diera un vuelco de inmediato. Zayn.

   ¿Qué haces aquí? una sonrisa tonta me delató y la sonrisa de él se ensanchó— ¿No tenías cosas qué hacer?
   Tenía… hasta que un plan algo más tentador se me cruzó por el camino.

A pesar de la lejanía, pude predecir la diversión y picardía en sus ojos, acompañados de una sonrisa ladina en su rostro. Era aterradoramente atractiva.

   ¿Ah sí? ¿Qué planes?
   Tú. Baja. soltó y le hice un gesto con la mano para que bajara la voz.

En ese instante la puerta de mi cuarto se abrió y apareció mi madre por ésta, mirándome con el ceño fruncido y que me encontraba en la ventana y de inmediato la cerré. Con llave.

   Mamá.
   ¿Con quién hablabas?
   Con nadie… —negué, poniendo cara de “mamá, qué dices”.
   ¿Y qué hacías asomada ahí?
   Había escuchado un ruido y me había asomado. Nada importante, eran mapaches.
   Ah, bueno. Dorothea me ha llamado para decirme que esta noche no podrá venir a dormir, pero que mañana sin falta viene todo el día. Duermes sola, yo me voy ya…

Se adentró en mi cuarto y me alejé de la ventana para encontrarme con ella en un abrazo. Depositó un beso en mi frente, acariciando mi espalda con frenesí y tras dedicarme un par de pesados te quieros, se fue por la puerta de mi cuarto. Minutos más tarde escuché la puerta principal cerrarse.

Segundos después, volví a abrir la ventana y me asomé, buscando a Zayn con la mirada. No estaba. Me di la vuelta, buscando mi móvil con urgencia en cuanto éste comenzó a sonar y antes de que colgaran, atendí.

   ¿Sí?
   ¿Vas a bajar? preguntó la otra persona por la otra línea. Sonreí.
   No. Tengo que hacer deberes. mentí.
   ¿A las dos de la madrugada? pude notar como sonreía a pesar de que su tono era de incredibilidad.
   Mmm… convénceme.
   Te lo vas a pasar muy bien. —soltó. Aún con una sonrisa en su voz— Y bueno… si no bajas tú, me obligarás a ir a por ti.

Una propuesta irresistible.

   Bueno… espérate un momento. ¿Dónde estás? volví a asomarme por la ventana y seguía sin ver a nadie— No te veo.
   Vaya… pues yo tengo una vista de tus piernas bastante buenas.

En ese instante me giré y lo vi apoyado en el marco de la puerta de mi cuarto. Ahogué un grito, ante el susto de verlo ahí de repente y llevé una de mis manos al pecho, sintiendo como los latidos de mi corazón golpeaban mis costillas de una forma tan brutal que si fuera posible me las rompería. Colgó el teléfono móvil y yo hice lo mismo, tirándolo de mala manera sobre la cama.

   ¿Qué haces aquí?
   Te dije que me obligarías a ir a por ti.
   ¿Cómo has entrado?
   Por la puerta. contestó con obviedad.
   Estaba cerrada. Mi madre acaba de irse.
   Ya… bueno digamos que soy más rápido que tu madre. No te ofendas. caminó hacia mí, con un semblante serio, en el cual todas las líneas de su perfecto rostro se marcaban.

El corazón comenzó a latirme con más fuerza aún si aquello era posible y pude sentir un ardor recorrer mi cuerpo. No era una buena idea. Definitivamente no era una buena idea estar solos en mi cuarto y sin nadie en mi casa. Menos con él.

¿O sí era una buena idea?

   ¿Adónde íbamos? me maldije cuando aquella pregunta salió de entre mis labios ya que hasta yo misma pude notar el tembleque de mi voz. No solo yo, si no que él también, ya que sonrió.
   No tenía ningún sitio pensado… una de sus manos rozó con sus nudillos mi brazo desnudo, de arriba abajo, con suavidad— contigo me dejo llevar.
   Yo, al contrario, cada vez que estoy contigo necesito tener un control absoluto de lo que vayamos a hacer. mentí, alejándome un poco. Él dio un paso a la vez que yo, recuperando la poca distancia.
   Mentirosa.

Su sonrisa de chico malo me derritió y sin darme cuenta me encontré contra la pared y él. Vale, ¿Desde cuándo no había sido consciente de lo que estaba haciendo?

   Te gusta tenerme arrinconada. Me das miedo. bufé, con el corazón a punto de salirse por mi garganta.
   Me gustaría tenerte en muchos otros sitios, si te soy sincero. —aquel murmuro sonó ronco y su mano ahora se encontraba acariciando mi hombro con suavidad por encima del tirante fino de mi vestido. Sus ojos, oscuros pero ardientes, se encontraron con los míos y supe que el deseo surcaba el mar profundo que tenía por ojos.
   ¿No era que no pensabas quitarme la virginidad si no confiaba en ti? —aquello salió sin yo quererlo.
   ¿Quién ha dicho que vaya a quitarte la virginidad?

Su sonrisa se ensanchó y sus ojos dibujaron la diversión que ahora mismo él estaba sintiendo. Pero a mí no me engañaba. Humedecí mis labios, y sin ni si quiera parar a pensármelo coloqué mis manos sobre la tela de su camiseta que cubría su abdomen. Acariciándolo por encima de ésta.

   Pensaba que lo sabías todo de mí. susurré, haciendo círculos con la yema de mis dedos sobre su camiseta.
   ¿En qué me he equivocado?

Su ceño se frunció y una fuerza de atrevimiento, fortaleza y confianza me invadieron.  

   ¿Quién te ha dicho que soy virgen?

La sonrisa en su rostro se curvó y esbozó una pequeña risa que hizo que me ahoga internamente. Odiaba que, mi personalidad ante él, fuera tan bipolar. En un momento podría estar a la defensiva todo el rato… pero de vez en cuando, la parte que más odiaba de mí, me limitaba a caer en sus redes y a seguirle el juego. Incluso a veces yo era la que empezaba el juego.

Se quedó callado, sin articular palabra, sin embargo podía sentir su respiración a través de su pecho, el cual chocaba contra el mío de forma ligera y suave con cada respiración. Lo miré, buscando una respuesta pero sin embargo solo se limitaba a penetrarme con sus ojos oscuros y su sonrisa se fue desvaneciendo con lentitud. Tenía planeado algo, y aquel algo me llevaría a la perdición de mi conocimiento.

Su rostro avanzó hacia el mío, rozando con suavidad con la punta de su nariz la mía y me estremecí ante el contacto. Sus manos, dejaron mis brazos para depositarse sobre mi cintura y espalda baja y me atrajo hacia él. Yo enseguida me puse de puntillas antes de que nuestros cuerpos chocaran y acerqué mi rostro al suyo para besar sus labios. Suaves y húmedos.

Cerré los ojos en aquel instante, sumergiéndome en un mundo paralelo. En un mundo en el que solo estábamos él y yo. Su lengua se encontró con la mía y mis manos se colocaron sobre su cuello, acariciándolo con suavidad, jugando con el pelo de su nuca.

Él se agachó, pero sin dejar de besarme, y deslizó sus manos por mis piernas, cargándome sin ni si quiera pedirme permiso… Pero es que no debía hacerlo. Como él ya había dicho, cuando se trataba de él yo siempre estaba receptiva. Mis piernas ardían bajo el tacto tranquilo y sabe de sus manos, lo que aumentaba mi deseo por él. Necesitaba sentirlo más y no estaba segura de cuánto era lo que quería y necesitaba de él.

Pronto sentí el colchón contra mi espalda, acomodándome sobre los almohadones y sin dejar de besarme, hasta que abandonó mis labios para encontrarse con mi mentón, acariciándolo con suavidad mientras que sus manos levantaban mi vestido lentamente. Aquello me martirizaba y cada célula de mi cuerpo respondía a él de una manera, estaba segura, insana.

   Tenías estos planes en mente. Lo sabía… susurré con la voz algo agitada y reprimiendo una sonrisa.

Pude sentir sus dientes contra mi hombro y como sus comisuras se ensanchaban para formar otra sonrisa.

   No. Pero tus piernas me pedían a gritos que las tocara… sus dientes se clavaron con suavidad en mi hombro y mi espalda se arqueó contra el colchón y su cuerpo. Aquello, sin duda alguna, había sido placentero.

Entonces, como si fuera una especie de alarma, el teléfono comenzó a sonar con un ringtone vergonzoso. Era Hanna. Solo a Hanna la tenía con aquel estúpido tono de llamada.

   Mierda… me quejé y rebusqué el móvil en el colchón con la mano hasta que di con él. Zayn, por su parte, no dejaba de besar mi cuello lo que me hacía soltar algún que otro jadeo y sin temor alguno, contesté— ¿Qué quieres? —mi voz sonó a reproche.
   ¿Dónde estás? su voz parecía exausta.
   En mi cama. Son las dos de la mañana, Hanna. me quejé pero se me escapó una risa por culpa del moreno.
   Samuel y Jayden me han llamado. Dicen que quieren quedar. Ahora. me separé inmediatamente de Zayn, dejándolo descolocado y ambas nos quedamos en silencio— Me dan algo de miedo.
   No quedes con ellos. solté.
   No, no voy a quedar con ellos pero… me gustaría quedarme a tu casa a dormir. Tengo miedo de que… ya sabes, no se lo tomen bien y quieran venir a mi casa.


   No creo que sean tan… —me vino a la mente las palabras de Zayn sobre ellos y no pude evitar callarme de golpe— No te preocupes. Puedes venir a mi casa si quieres.