jueves, 10 de octubre de 2013

Capítulo 21


El resto del día había pasado con normalidad. Zayn no había aparecido por el instituto. Tampoco Samuel. Menos Jèrome. Tampoco quise darle importancia… Había muchas cosas que unían a Zayn y Jèrome…  ¿Serían ambos ángeles caídos? Cada vez que aquella pregunta me surcaba la mente, un mar de rabia me invadía. ¿Cómo podía ser tan estúpida como para creerme esas patrañas? 

Sí, puede que ambos no fueran del todo normales. Que compartieran más cosas de las que yo pensaba que compartían; como la cicatriz. Pero eso no quería decir que fueran seres sobrenaturales. Mucho menos ángeles caídos. O quizá eso era lo que yo quería creer.

La noche anterior Hanna me comentó de los planes de Samuel y Jayden. Esa misma noche, antes de que yo me encontrara con Zayn, Samuel me había dicho algo de un fin de semana de acampada junto a él, Jayden y Hanna. Había asegurado que mi amiga rubia había aceptado de inmediato, pero la llamada que recibí anoche y tras la charla que tuvimos hasta las tantas de la madrugada me dio a entender que ni ella, ni yo, confiábamos del todo en ellos.

En realidad yo nunca lo hice, pero Hanna sí.

Hanna aparcó su coche en la puerta del conservatorio. Se había ofrecido a traerme en forma de devolución del favor que le había hecho yo al dejarla quedarse en mi casa aquella noche. No solía pedirle los favores de vuelta, pero teniendo en cuenta que no tenía otra forma más rápida de ir a las clases de Ballete, acepté su propuesta. Di un beso en su mejilla y me despedí. Después, entré dando trotes al edificio hasta llegar a la clase de ballete.


Tres minutos tarde. —recriminó Milena, sin dejar de mirar a una de mis compañeras haciendo una complicada coreografía del lago de los cisnes


Parpadeé un par de segundos, sin saber qué decir. Por suerte ya estaba cambiada así que simplemente me limité a hacer los estiramientos con el resto de compañeras. No era ningún tipo de examen, pero íbamos a hacer un pequeño repaso una por una frente a Milena y el gigante espejo que ocupaba una de las paredes. 

Minutos después, dijo mi nombre y corrí a ponerme en posición. Milena me inspeccionó, girando a mí alrededor, observándome de arriba abajo. Por alguna razón, me sentí intimidada y temblé. El corazón se me disparó sin saber yo por qué.


¿Estás segura de que vas a poder hacerlo? —preguntó, dando un par de pasos hacia atrás para observarme a más distancia.
Claro. —logré decirlo sin tartamudear y la miré. 


La música comenzó a sonar y cuando dieron los golpes de música que indicaban cual era el inicio del baile, me dispuse a ello. Todo parecía salir de maravilla, hasta que sentí una leve presión arremolinándose en mi cabeza. Comencé a sudar, de una forma tan grotesca que incluso me asusté. Mis brazos temblaban, al igual que mis piernas y… de repente, el suelo comenzó a inclinarse hacia abajo. De forma instintiva, aún mareada, corrí hacia la barra que se encontraba pegada al espejo y me aferré a ésta.

Una especie de sombra maligna apareció en el fondo del suelo tras haberse inclinado éste. Vi el fuego. Unos ojos rojos me aterraron y me hicieron soltar un chillido. El suelo cada vez se inclinaba más y más y sentía que me caía, por lo que opté a agarrarme con más fuerza a la barandilla, sintiendo como mi cintura tocaba el suelo y mis mejillas se empapaban de sudor.

No había nadie en la sala. Mis compañeras habían desaparecido, al igual que Milena. Me encontraba yo sola. En una absoluta. Los ojos habían desaparecido pero el suelo continuaba inclinándose. Como si fuera un precipicio. Mis manos se encontraban sudorosas, por lo que poco tardaría en caer, pero no solo por eso, si no porque ya sentía el dolor de mis brazos. Temía por ellos y fue entonces cuando sentí un crujido en uno de mis hombros, que me indicaba que ya no estaban del todo bien…


¡Ayuda! ¡Ayuda! —grité llorando. Aquello salió de mi garganta como si fuera la única escapatoria que tenía. Y es que así era— Por favor que alguien me ayude —sollocé.


Sentí como algo aferraba mi tobillo y grité más fuerte. Uno de mis brazos se soltó y sentí la punzada de dolor en mi hombro que indicaba que claramente éste no estaba bien. Estaba prácticamente colgando, fuera de su sitio común. Grité aún más fuerte por el dolor.


¡Heäven! —sentí como me zarandeaban. Yo continuaba gritando hasta que abrí los ojos y contemplé los grisáceos de Milena— ¿Qué te pasa? 


Me levanté prácticamente de un brinco y miré a mi alrededor. Todo se encontraba en su sitio. El suelo plano. Mis compañeras al fondo de la sala. Unas asustadas. Otras riéndose de lo sucedido. Me toqué el brazo, palpándolo hasta llegar al hombro y en ese instante me giré para mirarme al espejo y ver que todo estaba en su sitio. 


¡Heäven! —exclamó la profesora, esta vez en un tono autoritario— ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué estabas gritando?


Opté por dos opciones. Aún me encontraba confundida y mareada así que… o bien le comentaba todo lo que mi mente había digerido, o bien le decía que no había sido nada. Que todo había sido una actuación porque no me acordaba del resto de la coreografía. Opté por lo segundo.


No es nada. —mentí— Es solo que… —miré a mis compañeras. Muchas con los labios apretados para no estallar en carcajadas— Nada. Ha sido una confusión.


Con una mano en la cabeza, cogí mis cosas y salí del aula. Lo que me había pasado no había sido una imaginación. Estaba segura de ello. Todo era real. El dolor… El suelo. Todo. Absolutamente todo. Pero… ¿Por qué los demás no lo habían visto? ¿Por qué de repente había vuelto a la realidad como si nada? ¿A caso me estaba volviendo loca? ¿Era por todo lo que había leído de ángeles caídos? ¿Y si verdaderamente necesitaba un psiquiatra? No continué preocupándome más y en cuanto pude, pillé un taxi el cual media hora después me dejó en casa. 


Buenas tardes. —dije, esperando respuesta por parte de Dorothea. No la hubo— ¿Dorothea? 


Mi ceño se frunció y dejé caer de mi hombro la mochila. Cerré de un portazo, con llave y me encaminé hacia la cocina. No había nadie. Ni si quiera una nota por parte de Thea en la que me informara que había salido a hacer algo. Y aquello era todavía mucho más raro. Cogí el teléfono, buscando el marcar los números del móvil que se suponía que Dorothea llevaba siempre en mano pero por alguna extraña razón no había señal. El teléfono no funcionaba. 

Lo colgué, pero repentinamente comenzó a sonar. Aquello me desconcertó y me giré con lentitud, observando el aparato sonar con frenesí. Parecía que iba a explotar si no lo cogía cuanto antes. Continuaba sonando y cada vez más deprisa y más fuerte. Mi respiración se agitó y terminé por descolgar:


¡¿Quién es?! —exclamé casi llorando.
Nena… soy yo. —Era Hanna.
Hanna… Dios… —suspiré, sintiendo una oleada de alivio y besé el teléfono como acto automático.
¿Estás bien? —preguntó intrigada.
Sí… Sí. Tranquila. ¿Qué pasa? ¿Cómo sabes que estaba en casa?
Me ha llamado Milena diciendo que te has ido corriendo de la clase. 
¿Por qué te ha llamado a ti? 
No lo sé. —un silencio nos invadió durante unos largos segundos, hasta que volvió a hablar— Samuel me ha vuelto a llamar. —susurró. Asustada. 
¿Qué te ha dicho?
Ha insistido. En la acampada. —explicó— Parecía desesperado. Parecía como que si no fuéramos fuese a suceder algo. No sé qué hacer.
No ir. —dije rotundamente.
Ya… supongo. Lo siento por molestarte. Voy a estudiar. —colgó.


¿Hanna? ¿Estudiar? ¿Desde cuándo? 

La llamada de Hanna había logrado tranquilizarme algo. No del todo, puesto que para lo que se había limitado a llamarme más que tranquilidad me había metido miedo, pero tras lo sucedido quería escuchar una voz cercana. Una humana. Hubiese preferido escuchar la voz de Zayn. Con él me sentía protegida. 

Salí de la cocina, con un vaso de agua fría para tomarme una pastilla. La cabeza me iba a estallar… Pero no fue mi cabeza la que estalló. Fue el vaso que llevaba entre mis manos, que cayó al suelo en cuanto contemplé la puerta de mi casa abierta de par en par. Una ráfaga de aire entró por ésta, descolocando las cortinas y haciendo que hojas volaran y se adentraran en mi casa. Cerré de un golpe, sintiendo el golpe frenético de mi corazón.

Observé toda mi casa aún apoyada en la puerta y escuché unas pisadas y un golpe fuerte en la parte de arriba de mi casa. Sin pensármelo, subí los escalones de dos en dos y vi la puerta de mi cuarto abierta. Una oleada de miedo me paralizó y me replanteé el seguir caminando. Vacilé un par de segundos hasta que me eché a andar decidida. Derrapé cuando me aferré al marco de la puerta de mi cuarto y sentí como el alma se me caía al suelo y los ojos se me llenaban de lágrimas al contemplar un cuerpo tendido en el suelo rodeado de un gran charco de sangre.

De mis ojos comenzaron a brotar lágrimas en cuanto reconocí el cuerpo de Dorothea tendido en el suelo. Observé el resto del cuarto, completamente desordenado y la ventana abierta de par en par. Ninguna explicación racional se me pasaba por la cabeza. Ni si quiera irracional. Nada. Estaba bloqueada y lo único que hice fue correr a coger mi móvil para marcar el número de la policía. La policía descolgó enseguida mi llamada y tras darle los datos de lo ocurrido y de mi casa vinieron prácticamente corriendo. 

Sollocé y me dejé caer justo al lado del cuerpo de Dorothea, sintiendo como mis mayas se teñían del rojo oscuro de su sangre. Como la sangre empapaba mis rodillas. Mis manos no sabían qué tocar o qué hacer. Simplemente me limitaba a llorar y terminé cubriéndome el rostro.

Continué llorando. Sin moverme. En la misma posición, hasta que el timbre sonó. Me levanté corriendo y patiné por el pasillo, derrapando en las escaleras. Las bajé corriendo y abrí la puerta.


Inspectores Brown y Jones. ¿Es aquí de donde hemos recibido una llamada de supuesto homicidio? —sus ojos azules se clavaron en mí. Yo simplemente asentí. Frenéticamente.
Está en mi dormitorio. Está todo manchado de sangre. 
¿Cómo ha pasado? —preguntaron mientras subían las escaleras.
No… No lo sé. Es nuestra cuidadora. Cuando mi madre abandona la granja para irse ella se queda a mi cuidado. He llegado y no estaba por aquí. De repente la puerta estaba abierta y escuché un ruido en la zona de arriba —conté, justo llegando al pasillo. Mi voz se trababa— Entré y la vi tendida en el suelo. 


Los inspectores pararon frente a la puerta de mi cuarto abierta. Se quedaron mirando y luego se miraron entre ellos con el ceño fruncido. Yo me encontraba demasiado traumatizada como para volver a presenciar la imagen. 


Señorita… ¿Está segura de lo que dice? —no entendí aquello.


Con miedo, fruncí el ceño, sintiendo mi cara empapada por las lágrimas y caminé hacia la puerta de mi cuarto. No había nada. Absolutamente nada. Todo estaba en orden. Mis cosas en su sitio. La ventana cerrada. No había ningún cuerpo en el suelo. Ni si quiera sangre. Miré mis rodillas. Limpias. 


Pero yo… yo lo he visto —musité. El timbre volvió a sonar. Los inspectores Jones y Brown se miraron confusos y después me miraron a mí. Bajaron y tras unos segundos les seguí. Abrieron la puerta.
Hola… —la voz agria de Dorothea inundó mis oídos. Cargaba unas bolsas de plástico de un mercado cercano en la que llevaba comida. Me miró— ¿Quiénes son estos?
Do… Dorothea… —tartamudeé, en un susurro. Sentí mis ojos arder y el pálpito de mi corazón en mi cabeza y mis oídos. Me apoyé sobre la puerta y los inspectores me miraron.
¿Se encuentra bien? 
No. —confesé.
Será mejor que acuda al médico. —volvieron a mirarse de forma cómplice y el inspector que supuestamente era Jones no le quitó el ojo de encima a Dorothea— Brown, inspeccione la casa una vez más. —El inspector Brown le hizo caso y Jones me miró— ¿Esa era la tal Dorothea? —sacó una libreta y un bolígrafo. Yo asentí. — ¿No decías que la habías visto muerta en tu cuarto? —volví a asentir— ¿Entonces?
No… No sé. Estoy asustada. —temblé— Le juro que lo vi. No fui una imaginación. Lo juro… 
Ya… bueno. —miró por encima de mi hombro. Brown se acercaba— ¿Has encontrado algo?
No. Nada. Todo en orden. —se colocó al lado de Jones— Vas a tener que tragarte una multa.
¡¿Qué?! ¿Por qué?
Los policías no estamos para bromas con las que pasar el rato. —sacó una libreta también y apuntó un número. $200. 
¿Doscientos dólares? —exclamé abriendo los ojos de par en par.
Lo siento mucho.


Dicho aquello, se fueron hacia el coche patrulla y desaparecieron de la granja pero yo era muy consciente de que lo que había visto había sucedido de verdad. Dorothea me daba miedo. Por una vez. Sentía escalofríos cada vez que la miraba. Me acerqué a la cocina y la contemplé dejar las cosas en los muebles de la cocina.


Perdona por tardar, Cielo. Fui a comprar para prepararte la cena.
No tengo hambre. —dije y temblé. Otra vez— Voy a ir a casa de Hanna… Tenemos que hacer un trabajo.
¿Volverás a dormir? —preguntó, mirándome de forma intensiva.
No lo sé. Te llamo para informarte.


Salí de la cocina y me dirigí a mi cuarto. Lo contemplé una vez más. Todo en orden. Me deshice de la ropa de ballete y me hice con unos tejanos y una camiseta holgada. Acto seguido, salí por la puerta de entrada y saqué mi móvil de mi bolsillo trasero del pantalón. Marqué el número de Zayn. Enseguida contestó:


Ángel… —escuché su voz, y un escalofrío me recorrió. Rompí a llorar.
Te necesito. Por favor. ¿Puedes venir a recogerme? —mi voz tembló y él lo notó.
Sí. Sí. ¿Dónde estás?
Estoy saliendo de mi casa. Me dirijo hacia el Inferno. —la discoteca de moda.
¿Tan lejos? —su tono era preocupado.
Necesito estar lejos de mi casa. Necesito estar contigo. —sollocé una vez más— Por favor… Ven a recogerme. 

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