domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo 15

El taxi me dejó parada frente a uno de los bares con más clientela a estas horas. No por placer suyo, sino porque yo se lo pedí ya que era bastante tarde y no me conocía el lugar… A parte de que, según me había el taxista, no conocía ninguna calle con la dirección que había apuntada en el papel. Extraño y bastante espeluznante. 

Rasqué mi nariz ante el congelado y me abracé con bastante fuerza, sintiendo la brisa fría traspasarme como cuchillas. No había elegido un buen día para adivinar el acertijo pero no daría marcha atrás. 

Caminé por las calles húmedas de Portland, parando a cualquier persona que se me cruzara por el camino que supiese dónde paraba la calle que estaba buscando… o más bien la tienda. Nadie decía nada. Nadie sabía nada y muchos otros simplemente me ignoraban y pasaban de largo. Hasta ahora todos jóvenes o de edades medianas. ¿Es que acaso no había alguien lo suficientemente educado e implicado en la ciudad de Portland como para poder ayudarme? 

Mi mirada se quedó estática en una señora mayor que se encontraba doblando una de las esquinas del final de la calle… proviniendo seguramente de calles oscuras las cuales la gente no pisaría ni loca. Las ancianas siempre eran más educadas y amables que los jóvenes y aunque parecía mentira, en mí alrededor todo eran jóvenes. 

Con una tímida sonrisa camine hacia la anciana que ya había avanzado unos pasos y en cuanto me quedé a escasos metros de ella, ésta alzó su mirada. Azul grisáceo y… juraría que uno de sus ojos era de cristal. Aquello me impactó repentinamente la calle estaba vacía, con dos o tres personas merodeando por ésta. Fijé mi mirada nuevamente en la señora, quien continuaba mirándome fijamente y como una estatua. Aquello asustaba. 


Disculpe… —aclaré mi garganta, queriendo sonar alto y claro. La anciana no se movió. Ni si quiera parpadeó. — Ehm… verá, necesito ayuda. No soy de aquí. —hice una mueca indicando mi desaprobación en el asunto y la anciana pareció ceder a mis plegarías. Gracias Señor. — ¿Me podría decir dónde está esta calle? Nadie ha podido ayudarme… —expliqué mostrándole la nota en la que estaba garabateada aquel nombre. La anciana se quedó mirándola por un momento y luego volvió a fijar su mirada en mí.
Esta calle hace años que no existe. Por no decir siglos. —balbuceó..
Cómo… ¿Cómo que no existe? —pregunté algo atónita, tartamudeando incluso.
No… Quiero decir el nombre. Ya no se llama así y ni si quiera es una calle. Decidieron derrumbar los edificios de alrededor para construir una especie de templo o algo así. No sé muy bien de qué se trata la verdad. —continuó hablando la anciana. 
¿Un templo? —mi ceño se frunció. Me estaba volviendo loca— ¿Me podría llevar hacia ese templo? 


La anciana me miró de arriba abajo con cierto reproche. Seguramente la estaría molestando peor no había venido aquí para irme sin saber nada. Ésta, finalmente, dio media vuelta y comenzó a caminar, indicándome con la cabeza que la siguiera y así lo hice.


¿Por qué está interesada en ir ahí, jovencita?
No lo sé. Necesito resolver unas dudas. —contesté.
La curiosidad mató al gato. —canturreó.


Durante el camino yo me mantuve callada, al contrario que la señora mayor, quien contaba sus historias durante su juventud. Poco entretenidas.


Te puedo acompañar hasta aquí, joven. —dijo en un tono casi inaudible— El templo está al fondo de ésta calle a mano izquierda. Lo verás porque son todo ruinas. 
Gracias… —murmuré tragando saliva algo asustada.
No te preocupes. No suele haber nadie por aquí. Suerte con tus curiosidades, pequeña.


Tras decir aquello, palmeó mi espalda y desapareció por donde habíamos venido. Un impulso descomunal de seguirla y así volver por donde había venido me desgarró pero… como ya había dicho, no había venido aquí en vano. Había venido para cerrar algún caso. 

Hice lo que la anciana me había ordenado y, como ella había dicho, enseguida identifiqué las ruinas. Lo único que podía escucharse era el ruido de los matorrales y árboles a causa del viento acompañado de algunos búhos. El templo era bastante escalofriante. Más que un templo, parecía una especie de iglesia pero no la típica iglesia… las figuras que decoraban su estructura gótica era bastante siniestra y la gran figura del arcángel Gabriel adoraba el centro de la puerta. Me estremecí ante la soledad, frío y miedo que ahora mismo estaba sintiendo. Quizá había sido una mala idea venir. No. Quizá no. Había sido una mala idea. Había sido la peor idea que había tenido en mi vida.

En cuanto me adentré en el viejo templo, el ruido de mis pisadas acompañado del sonido crucial de los crujidos de la madera y la puerta acompañaron al ambiente. Solo se escuchaba eco. Eco y más eco. ¿Debía de estar tranquila?


¿Hola? —alcé mi voz, provocando nuevamente aquel eco molesto y rotundo.


El ruido de algo golpear el suelo me alertó y me giré a uno de mis lados, observando una caja de madera que había sido lanzada desde lo más alto. Mi ceño se frunció y caminé hacia ésta, cogiéndola ente mis manos. En ese momento no me había parado a pensar en el hecho de que habían tirado la caja y de que ésta no había caído sola. O quizá sí.

La caja tenía una pequeña obertura, justo en el centro y sin dudarlo la abrí viendo como una pequeña muñeca bailarina aparecía, acompañada de un espejo lleno de polvo. Un sonido un tanto roto comenzó a sonar, parecía música. Era música. La bailarían acompañó a la música en un movimiento circulatorio de ballet. Mis ojos ahora se fijaron en unos papeles que se encontraban en la caja y me dispuse a cogerlos. Eran fotos, fotos con fechas grabadas en su reverso. 

“18/11/1995” la imagen de un hombre esbelto, con barba y algo de melenita, sujetando a una bebé recién nacido en brazos. 

Mi estómago se encogió en cuanto reconocí a aquel señor. Era el señor Strauss y… la niña qué sujetaba debía de ser Brittany. Aunque las fechas concordaban con días después de mi nacimiento. El 11 de Noviembre de 1995 y según tenía entendido, Brittany era del 94 a pesar de ir a mi curso. Había repetido un año por motivos personales. Negué con la cabeza y continué mirando fotos, fue entonces cuando me percaté de que en una de las fotos aparecían el señor Strauss, mi padre y yo. Aquello no me resultó agradable y comencé a negar con la cabeza, sin ni si quiera saber por qué no recordaba éste momento, ya que en esa foto se veía que tenía cerca de unos 10 años. Miré el reverso de la foto y la fecha me lo confirmó. “11 de Noviembre de 2005”

La música dejó de sonar e hizo avispar mi atención nuevamente, fijé mi mirada sin quererlo en el espejo de la caja y el semblante rostro serio de mi padre apareció reflejado en el espejo, lo que me hizo dar un respingo del susto y sentí como mi corazón iba a mil por segundo. Cerré la caja de golpe y sin poder evitarlo comencé a llorar, queriendo salir de allí en menos de lo que cantaba un gallo y… así lo hice, pero no sin antes coger la caja y llevarla conmigo.

Caminé con rapidez por las calles de Portland, buscando alguna parada de autobús o de taxis pero… fallo, al parecer estaban todos fuera de servicio porque había caído una fuerte lluvia que había provocado algunos accidentes y por lo tanto, muchas calles estaban cortadas. Debía salir de allí, debía salir de allí cuanto antes.

Saqué mi teléfono móvil del bolsillo de mi chaqueta y comencé a marcar los números de la primera persona que se me había pasado por la cabeza. Zayn.

Daba señal y aquello… era bueno.

Pronto el teléfono descolgó y un suave pero frustrado suspiro salió de entre mis labios.

¡Zayn! —exclamé.

Falsa alarma. Era el contestador. Solté un fuerte gruñido de frustración y repentinamente el sonido de unas yantas chirriar contra el suelo hicieron que mi corazón saliese disparado. La puerta del asiento del copiloto del auto se abrió de golpe y dejó verse a un Zayn enfurecido en el asiento del copiloto.

Sube. —ordenó en un tono autoritario. 

Tragué saliva sin entender muy bien a qué venía aquella aparición de la nada ni aquel enojo en su voz. Definitivamente este hombre había sido creado para volverme loca. En todos los sentidos.

Caminé hacia el coche y me senté, cerrando la puerta de un portazo.


¿Cómo has sabido que estaba aquí? —pregunté nada más entrar.
Me has llamado, ¿no?
Sí, pero no me lo has cogido.


El coche salió disparado del sitio y enseguida se adentró en la carretera rodeada de grandes árboles frondosos.


¿Me has estado siguiendo? —volvía a preguntar, mirándolo fijamente. Su mandíbula se tensó y apretó con más fuerza el volante. — Contéstame. —ordené.
Jèrome me ha contado lo de las cartas que estás recibiendo. —contestó sin más. Aquello me descolocó pero a su vez abrió paso a mí imaginación.
¿Me estás cuidando? —volví a preguntar, intentando evitar que una sonrisilla estúpida e intrusa me delatara.
¿A dónde te crees que ibas a estas horas de la noche a una ciudad que ni tú misma conoces? Es peligroso. —reprochó indignado.
¡Necesitaba respuestas! —exclamé cansada de sus rodeos.
¿Respuestas a qué? ¿Por qué siempre buscas respuestas a todo? ¿Por qué no te puedes quedar callada y sin hacer nada? ¿Por qué no puedes olvidar las cosas? ¡No te convienen las respuestas! ¡No son asunto tuyo!


Todo aquello salió de su boca como si de veneno se tratara y me entraron ganas de llorar, recordando lo que había vivido minutos atrás en aquella especie de templo o lo que fuese. Apreté la caja contra mi vientre con fuerza y miré por la ventana, observando la oscuridad.
El silencio nos invadió a ambos, solo se escuchaba el ruido del exterior. El viento soplaba con fuerza y el helor se hacía presente en el empañamiento de las ventanas.

Lo siento. —se disculpó al final Zayn— No quería ser tan duro.

No dije nada.

Simplemente… Esto no es seguro para ti, Heäven.
¿Por qué? ¿Por qué no es seguro? 
Heäven te están enviando cartas amenazándote ¿te piensas que es un jodido juego? 
No. Sé que no es un juego. Pero si he venido aquí es por algo. La nota que me han dejado hoy tenía una dirección, he decidido ir a dónde la dirección decía… y créeme que este tema me incumbe. Demasiado.
Pero yo no quiero que tú estés metida en esto. 

La conversación terminó ahí ya que pronto Zayn se vio obligado a parar el coche ante un par de policías que habían cortado la carretera. Nos obligaron a dar media vuelta o a abandonar el viaje hasta nuevo aviso.

Zayn, tengo que volver a mi casa —le pedí.
Nena, no puedo hacer nada. 
¿Hay alguna manera de volver? —pregunté con cierta súplica al policía.
Sí. —mis ojos se iluminaron— caminando, y les quedan varios kilómetros por recorrer. Mirad… podéis hacer noche en el coche pero si preferís más comodidad —nos miró a ambos con cierta complicidad— hay un motel a unos 200 metros de aquí. 

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