domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo 8

— ¡Mantener una conversación contigo es imposible! —me quejé tras tirarle la toalla blanca en la cara.
— Eres una completa bastarda, Heäven.

Las palabras salieron por la boca de Brittany como si de veneno se tratara. Pronto sentí como una rabia lamía ferozmente cada zona de mi cuerpo... Podría incluso apostar que mis ojos se humedecieron. Cerré mis puños con fuerza y me giré nuevamente hacia ella, avanzando unos pasos para tenerla a penas unos centímetros.

La miré de arriba abajo y entonces me crucé de brazos, intentando parecer superior e incluso con un semblante que decía "paso de todo" — Por lo menos cuando mi padre estaba conmigo, me hacía caso. No como el tuyo, que pasa de ti. Y no te equivoques, no soy ninguna bastarda.

Sabía que lo que había dicho no estaba nada bien. Sabía que mi reacción no había sido para nada la esperada por ella, ni si quiera lo había sido para mí. Desde el momento en el que las palabras salieron por mi boca, una especie de alteración en mi organismo que enseguida me indicó que lo que estaba diciendo era completamente malévolo pero no me eché para atrás. No me eché para atrás porque ella ni si quiera había parecido arrepentirse de sus palabras.

Pude ver una especie de brillo en sus ojos. Aquello me indicaba que verdaderamente le habían afectado mis palabras. Me encontraba orgullosa de mi misma, pero también me encontraba bastante decepcionada.

Una pequeña sonrisa se formó en mi rostro, casi inaudible pero visible para Brittany. En cuanto me giré, agachándome y apoyándome sobre la banqueta de madera, sentí un leve empujón y caí de bruces al suelo. Sentí un fuerte dolor en el tobillo y gruñí.

— Definitivamente, sí, eres idiota. —le recriminé. Brittany pasó por mi lado y pude jurar que se llevó una de sus manos a su mejilla, posiblemente quitándose una lágrima. 

Me quedé mirando como desaparecía entre la puerta con aquel tutú rosa y las mayas de un color más blanco. Su coleta de caballo rubia se balanceaba de un lado a otro y entonces fue cuando comprendí que ella seguía siendo mejor que yo. Durante aquellos segundos me olvidé de la caída pero en cuanto me intenté levantar, sentí un pinchazo llegando a ser casi desgarrador en mi tobillo izquierdo. Una mueca de dolor transformó mi cara y me senté sobre la banqueta.

— ¡Vamos! ¡Daos prisa! —ordenó la profesora de danza, golpeando la puerta abierta del cambiador.

Era la única que quedaba allí. 

Tras ponerme de pie y andar cojeando hacia el salón principal de ballet. La mayoría se encontraban sentadas sobre el suelo, excepto Brittany y algunas de sus amigas, que se encontraban de pie junto a la profesora. Ambas cruzamos miradas y enseguida agaché la mía. Una vez me senté suavemente en el suelo, la profesora Grey, Milena, comenzó a dar la explicación de las clases que hariamos hoy. Me encogí un poco ante una leve brisa de aire que entró directa desde una de las ventanas y mi mirada se dirigió hacia ésta. Una rápida sombra se movió entre la oscuridad y me sobresalté. Quedándome petrificada. Al parecer la profesora Grey se percató de mi reacción ya que enseguida dejó de hablar y posó toda su atención sobre mí.

— ¿Heäven? ¿Estás bien?
— Qué pregunta es esa... —se escuchó bromear a Brittany de fondo y rió con sus otras dos comadrejas. No quise darles importancia.
Miré a la profesora y asentí — Sí, sí... es solo que me ha dado un poco de frío. 
— ¿Quieres que cerremos la ventana? —avanzó hacia ésta, sin apartarme la mirada y yo sacudí mi cabeza con brusquedad.
— No. No hace falta. Se está bien. De verdad.

Tras dedicarle una sonrisa que indicaba conformidad ésta por fin pareció aceptar mis plegarias y volvió a su posición anterior. Tras explicar un par de reglas más, dió varias palmadas, indicándonos que nos pusiéramos a calentar.

Al rededor de cinco minutos después, nos colocamos en nuestros puestos y cuando la mayoría estábamos colocadas — yo algo desconcertada e incómoda a causa del pie — la música comenzó a sonar, un ritmo clásico y lento del cual ya teníamos gran parte de los pasos aprendidos.

La señorita Grey se dedicaba a examinarnos mientras nosotras girábamos y dábamos pequeños saltos por el salón, intentando llevar coordinación entre todas. Por desgracia, más de una vez, en apenas diez minutos, Milena me había llamado la atención ya que mis movimientos hoy no eran los mejores. Primero, el haberme caído en el baño había dejado una pequeña secuela en mi tobillo izquierdo y debía de agregar que me estaba costando la vida no sentarme y cortarme el tobillo de cuajo para que dejara de dolerme. Segundo, aquella sombra en la ventana me había descolocado por completo y automáticamente mi mirada se posaba cada dos por tres sobre la ventana abierta. Tenía un mal presentimiento y repentinamente tenía ganas de llorar. Estaba muerta de miedo.

— Heäven... —vocalizó, llamando mi atención con una de sus manos. Pasé, esquivando a las demás que continuaban bailando y al final me reuní con Milena— ¿Qué te pasa en la pierna?
Miré hacia ésta y luego la miré a ella — Ehm, nada, he tenido un pequeño altercado en el baño. No pasa nada, supongo que dentro de un rato se irá. 
— ¿Te duele mucho? —preguntó, agachándose hacia mi pierna y tomando mi tobillo con su mano. Hice un leve gruñido de dolor y aquella fue la única respuesta que necesitaba saber— Lo suponía. Hoy no bailes, se te puede empeorar. Vístete y vete a tu casa si quieres.
— Preferiría esperar aquí para salir con todas... ¿Puedo? 
— Como prefieras. —miró su reloj— tienes dos horas... ¿Vas a aguantar aquí sin hacer nada?

Pensé en sus palabras y rápidamente asentí. 

Me quedé sentada en una de las banquetas cercanas, pero antes volví al cambiador para coger mi bolsa con los objetos que necesitaría para distraerme. Entre ellos el móvil. Cuando abrí éste, divisé dos llamadas perdidas, una de ellas era de Hanna. Enseguida le devolví la llamada y ésta me lo cogió enseguida.

— ¡Nena! ¡No te lo vas a creer! —se notaba la emoción en su voz.
— Habla. —ordené.
— He conocido a... dos pivones. 
— Pareces un hombre hablando así.
— ¿Sabes lo mejor? —como era de suponer, ignoró mi comentario. Yo murmuré un "qué" y segundos después obtuve su respuesta— van a venir a nuestro instituto. 
— ¿Y qué quieres que haga? —reí.
— ¡Vamos a tener amigos!
— Ya tengo amigos.
— No. No tienes.
— Cállate —murmuré entre dientes y luego reí— ¿Has mantenido una conversación de más de diez minutos con ellos?
— Sí. De hecho, ha sido media hora... y era yo la que se tenía que ir. —contó, emocionada— En serio, Heäv. Me han encantado. No solo físicamente, sino que también han sido muy amables y simpáticos. 
— Espera... ¿dónde los has conocido? 
— Esta tarde. En el centro comercial. Mi madre se ha empeñado en llevarme a comprar ropa y en fin, ya sabes como soy, tío bueno que veo, tío bueno que quiero. Y en éste caso eran dos. 
— Vaya... —no muy sorprendida por lo que ésta me estaba contando, me despedí y colgué tras un adiós desesperado de parte de mi amiga.

El resto de minutos fueron realmente aburridos, exceptuando los pequeños momentos en los que Brittany era regañada por la profesora Grey a causa de su falta de compromiso con el Ballet en sí. Gracias a Dios, las ocho tocaron y la clase finalizó. Todas corrieron hacia los vestuarios y yo hice lo mismo, ya que no quise cambiarme antes. Me senté sobre la banqueta más alejada de la puerta de salida del vestuario y estaba dispuesta a desvestirme pero entonces la presencia de alguien en la puerta de éstos llamó mi atención. Era Zayn.

Pude sentir un silencio incómodo, como todas se quedaban calladas y lo único que se escuchaba algún que otro murmuro y cuchicheo por parte de mis compañeras de ballet. Solo pude descifrar algún que otro "Está muy bueno". Repugnante. 

Más repugnante fue aún cuando la voz de Brittany retumbó.

— ¡Anda, Zayn! Qué agradable sorpresa. —vi de soslayo como ésta caminaba hacia el moreno y se le colgaba del brazo— ¿qué haces aquí?
— Esperar a alguien.

Podía sentir su mirada fijada en mí y no podía pensar con racionalidad. Ni si quiera sabía lo que estaba haciendo, simplemente me senté nuevamente sobre la banqueta y comencé a quitarme las zapatillas de ballet. Ignorando al moreno por completo. Principalmente por la escena del día anterior. Aún podía sentir su respiración en mi cuello y aquel pensamiento me creaba escalofríos e imágenes un tanto subidas de tono.

— ¿Se puede saber a quién? —Brittany usó su curioso tono de provocación. Aquello me hizo hacer una mueca.
— Heäven.

Genial. Mis mejillas se pusieron completamente rojas. Lo pude sentir por la gran oleada de calor que me azotó en menos de tres segundos. Todas las miradas estaban sobre mí y no me quedó más remedio que alzar la mirada. La fijé en Zayn.

— Ah. No te vi. —mentí, buscando algo inexistente en el bolso, simplemente para hacer tiempo.
— Ya. —Zayn rió y se apoyó sobre el marco de la puerta.
— ¿Sabes que no puedes estar aquí, no? —pregunté. Nuevamente todas las miradas se concentraban en mí. La mayoría ya se encontraban vestidas. La mayoría, menos yo.

No me contestó y dirigió su mirada hacia Brittany.

— ¿Y se puede saber por qué la esperas?
— He quedado con ella para experimentar su aparato reproductor. 

Si en ese momento hubiese estado bebiendo o comiendo algo, me habría atragantado. Definitivamente sí, lo habría hecho. Lo miré, destellando una clara furia que se podría notar a kilómetros.

— Tenemos que hacer el trabajo de biología, Brittany. Dime... ¿Lo has empezado?

Quería desviar el tema. Quería desviar la atención de mí. En ese instante Brittany caminó hacia mí ya que su bolsa de cambio se encontraba a mi lado. Todas ahora se encontraban saliendo por la puerta y dejando suspiros tras haber pasado a Zayn. Estaba claro que éste se percataba, ya que su arrogante sonrisa lo delataba.

— No te importa. —contestó Brittany, sacando de su bolsa una botella de agua y bebiendo un trago. Acto seguido, lo escupió como si se hubiese tragado una cucaracha— ¡Agua del grifo! —exclamó, haciendo una escena.
— Qué exagerada eres. —me quejé, sacando el móvil de mi bolsa y mirando a ver si Hanna se había dignado a llamar nuevamente.

Sin esperarmelo pude observar como Brittany se encontraba echando parte del líquido de la botella de agua dentro de mi bolsa. Empapando mi ropa.

— ¡¿Se puede saber qué haces?! —exasperada, la aparté de un empujón y ésta rió.
— Solo es agua. Qué exagerada eres. —me imitó y acto seguido huyo con su bolsa sobre uno de sus hombros.

Mi enfado no era una gran novedad y a Zayn parecía divertirle.

— Deja de reírte. No tengo un buen día. —le ordené, quitándome el tutú y guardándolo en la bolsa, sin importarme que éste se mojase también.— ¿Qué haces aquí? Aún no entiendo por qué has venido.

Pasé por su lado, chocando ambos brazos y éste se giró, siguiéndome. Aquello me ponía más nerviosa y furiosa.

— Te dije ayer que hoy quedaríamos para el trabajo de biología ¿lo recuerdas?
— Sí. También recuerdo que verte conmigo no te convenía ¿lo recuerdas?

Sentí su risa tras de mí y en cuanto salimos del conservatorio el frío me congeló. Estaba empezando a tiritar, pues ir únicamente en mayas blancas y un fino body del mismo color, no ayudaba para nada. Maldecía nuevamente a Brittany.

— Digamos que éste es un caso de vida o muerte. —bromeó, mirándome a los ojos en cuanto me giré para mirarlo. — Estás congelada. —afirmó.
— No. —alcé el mentón, queriendo parecer segura.— Y tranquilo, podría haber hecho y presentado el trabajo yo sola. Sin tu ayuda.
— Eso no me lo digas a mí. —con seriedad pero un toqué burlón, dirigió su mirada hacia más abajo de mi cuello. Hice lo mismo que él y entonces me encontré con la leve marca que dejaban mis pezones sobre la fina tela de la camiseta. Enseguida me crucé de brazos y me ruboricé, girando y comenzando a caminar nuevamente... dispuesta a pedir un taxi.— Dudo mucho que hubieses podido hacer el trabajo tú sola. Necesitas a un experto.
— Eres idiota. —mascullé, éste volvió a reír.
— ¿Adónde crees que vas?
— ¿A mi casa? Pagaré un taxi. Que sepas que yo no pienso hacer ningún trabajo contigo. 
— Ya, bueno, da la casualidad que ahora es a mí al que no le apetece suspender.

Mentira. Podía captar su mentira como si yo misma fuese un radar que las detectaba. No sabía porque lo hacía, pero su presencia me desequilibraba. Pronto sentí como sus brazos rodaban mi pequeña cintura y me hacían cambiar de dirección.

— Vamos, te llevo a casa y hacemos el trabajo allí. 
— Te he dicho que no pienso hacer ningún trabajo contigo. Muchos menos dejaré que me lleves a mi casa. ¿Cómo sabías que estaba aquí? No te dije nada.

No sabía por qué, pero estaba haciendo totalmente lo contrario a lo que mis palabras decían. Lo estaba siguiendo, caminando hacia su moto.

— ¿Me espías? —bromeé.
— Eres predecible. —otra vez. No había adjetivo que me molestase más. Se subió sobre la moto y me ofreció su casco... Luego me dirigió una rápida mirada. — Vaya... no me había fijado pero esas mayas son bastante finas, ¿no?
— Sí. —contesté sin pensar y me puse el casco. Acto seguido me impulsé sobre la moto y me coloqué tras él, abrazándolo con fuerza a causa de entre otras cosas, el frío.— me voy a congelar. —murmuré entre dientes y éste giró su rostro para mirarme de reojo. Pude ver una sonrisa de pirata.
— Existen muchas formas de entrar en calor. 

Puse los ojos ante su clara indirecta pero preferí ignorarlo. Éste arrancó la moto y en el instante que empezó a circular por las carreteras me abracé a él como si de una lapa se tratara. 

Minutos después Zayn aparcó la Harley negra frente a la puerta de mi casa. Yo me encontraba aturdida, muerta de frío y aún abrazada a Zayn por la espalda. Éste pareció quedarse quieto, esperando a que lo soltara pero... me encontraba cómoda. Sin embargo, segundos después pensé en lo que estaba haciendo y enseguida me separé, apartando varios mechones de pelo que se habían escapado de mi especie de moño que recogí mi cabello. Me jugaba el cuello a que estaba totalmente colorada.

— Estás congelada. —rió en una carcajada y se quedó mirándome, aún sentado en la moto. Pude notar como por un momento su mirada me traspasaba.— Y roja. 

Zayn se levantó de la Harley y abrió el asiento para así sacar mi bolso. Cuando lo tuve entre mis manos saqué las llaves de casa y lo miré y me giré para caminar hacia la puerta y abrir ésta. Rezaba y pedía a Dios que Dorothea no se encontrara en casa, ya que si lo hacía, me tocaría explicarle todo y... no me apetecía. El destino quiso darme la razón y se lo agradecí. No había rastro de nadie en casa y dejé la puerta abierta para que Zayn pasara. Se quedó mirando la decoración de la planta baja.

— ¿Qué? ¿Muy antiguo para ti? ¿Demasiado recargado? ¿Demasiado feo? —pregunté caminando hacia la cocina para abrir la nevera.
— Demasiado. —rió y segundos después me siguió. Se apoyó en el marco de la puerta y me observó mientras bebía el agua fría directa de la botella.
— Oh, perdón. ¿Quieres? —le ofrecí, éste negó y me encogí de hombros.— Bien... ehm... iré a por el ordenador portatil y nos colocaremos en el salón para hacer el trabajo. —dije sin mucha seguridad.
— ¿Por qué no aquí? —preguntó repentinamente.
— Bueno pues aquí. No creo que molestemos. —ironicé.
— ¿Y tus padres?
— Mi madre no está aquí... —empecé a decir y tomé una bocanada de aire— tiene que trabajar fuera de aquí así que viene de vez en cuando. 
— ¿Y tu padre?

Me quedé mirándolo a los ojos. Por un momento creí detectar algo de maldad en éstos, una especie de chispa burlona pero acto seguido comprendí que era una tontería.

— Murió. Hace un año. —contesté sin apartarle la mirada.
— Vaya... eso debe de ser duro.
— Lo es.
— ¿Qué le pasó?
— Asesinato.

Al decir aquello pasé por su lado, encaminándome hacia las escaleras para así subir a mi cuarto y coger el ordenador y varios apuntes.

— Ahora bajo... —murmuré.
— ¿Tienes hambre? Son las nueve de la noche... Podría preparar algo. —parecía contento y emocionado.
— Haz lo que quieras. 

Cansada, subí las escaleras y tras dirigirme a mi cuarto y coger el odenador portatil volví a bajar a la cocina. Me sobresalté en cuanto vi al moreno con un enorme cuchillo entre sus manos y cortando algo sobre una tabla de madera que se encontraba en la encimera de la cocina.

— ¿Qué haces?
— ¿Te gustan los tacos? —sonrió sin apartar la vista de lo que estaba haciendo.
— Nunca los he probado.
— Bien... ahora lo harás. —esta vez sí que me miró y juraría que sus blancos dientes detellaron.
— No sé si debería fiarme de ti. —bromeé, sentándome sobre la mesa y mirándolo de espaldas.

Éste dejó de cortar lo que estaba cortando y echó las rodajas de lo cortado sobre la sarten que se encontraba en el fuego. Se sacudió las manos y se giró, apoyándose de espaldas sobre la encimera. Era asquerosamente atractivo y aquello me ponía de mal humor.

— No deberías fiarte de mí. —confesó. Lo miré rápidamente, sin saber si tratarlo como una broma o como algo serio. Su tono había sido completamente directo y frío— no me conoces casi. 
— Me gusta arriesgarme. —lo miré, desafiante mientras mis piernas se balanceaban de adelante hacia atrás, colgando en el aire. Él rió.
— Te puedes llegar a quemar. 
— ¿Qué tiene de malo quemarse?

Él hizo una mueca y se separó de la encimera, caminando entonces hacia la mesa y quedando prácticamente frente a mí. Yo tuve que alzar la cabeza para poder mirarlo a la cara.

— Que te puedes hacer muchísimo daño. A veces demasiado. 

Sus labios se humedecieron gracias a su lengua y, por razones desconocidas de la vida, mis deseos se limitaron a querer besarle. A querer sentir sus labios sobre los míos... o simplemente sobre mi cuerpo. 

— No me importa hacerme daño. —mentí, queriendo parecer totalmente segura de mis palabras e incluso una chica envidiable. Mis manos se deslizaron hacia el cinturón negro de sus pantalones tejanos y sin pensarlo lo atraje hacia mí, abriéndome de piernas y dejando que él se posicionara frente a mí de una forma más cómoda.
— Mentirosa. —sonrió y entonces me cogió de la cintura para así llevarme hacia la encimera y tenerme a una altura más lógica. Su olor apestaba a menta y cigarrillos. Me encantaba.— Eres demasiado buena, Ángel. 
— No me llames Ángel... —me quejé en un susurro, sintiendo ahora sus manos recorrer con suavidad mis muslos por encima de las mayas rosadas.— No me gusta. —mentí, y lo miré a los ojos.
— Tu mismo nombre lo indica... Los ángeles pertenecen al cielo, Heäven. —aportó aquello a la conversación y fue entonces cuando sentí su voz susurrante en mi oído, creándome un escalofrío espeluznante— Te encanta, Ángel. —repitió, rozando con la punta de su nariz una leve linea desde mi cuello hasta mi clavícula. 

Sentí un hormigueo inmediato entre mis piernas y como prácticamente cada músculo de mi cuerpo se relajaba. Como si se durmieran ante su tacto.

— Deberías irte. No ha sido buena idea que vengas. —admití, intentando sonar algo borde o aceptable pero mi voz me delato y solté un leve jadeo al sentir cómo éste colocaba sus manos en mi cintura y me atraía hacia él, chocándome contra su pelvis.
— ¿Ir adónde? —sonrió contra mi cuello y segundos después sentí como mi pelo caía en cascada por uno de mis hombros. Zayn se había encargado de soltármelo y jugaba con las puntas de éste entre dedos.— Puedo ir a muchos sitios... —comenzó— puedo ir aquí... —rozaba sus labios mientras hablaba contra mi piel y sus labios ahora se posaban sobre mi clavícula— aquí... —ahora se deslizaron hacia mi cuello. Me estaba volviendo loca. Sentí su risa cuando paró en mi oído nuevamente— éste también es un buen sitio... —sentí como cogía el lóbulo de mi oreja entre sus dientes y con suavidad tiró de éste y gemí por la acción. Yo misma me iba a matar con mis propias manos por hacer eso— pero he de admitir que el sitio que más me atrae es éste. —terminó colocando sus labios a escasos centímetros de los míos, sintiendo entonces el roce de su nariz contra la mía. Mi respiración era pesada y la mayoría de las células de mi cuerpo se encontraban dormidas— ¿Te gusta quemarte, no? 

No hay comentarios:

Publicar un comentario