domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo 4


La tarde llego y como Hanna me había prometido pasó a recogerme. En cuanto salí por la puerta, pude afirmar nuevamente que estaba lloviendo. Esta vez de una forma bastante exagerada y con mucha fuerza. Entorné los ojos.

— ¡Cielo! ¡Ven, corre! —gritó Hanna desde dentro de su coche. 

Eché a correr para mojarme lo menos posible -aunque cuanto más corría más me mojaba- y me senté en el asiento del copiloto.

— ¿A qué esperabas? La lluvia está apedreando mi preciado bebé. —comentó, acariciando las ventanas de su coche que ya estaba cerrada— vas a tener que espabilarte más, Cielo.
— No me llames Cielo. — refunfuñé, cruzándome de brazos.
— Es tu nombre. —se encogió de hombros. Yo en cambio no conteste— Bien... ¿has traído dinero? 

Ya nos encontrábamos en carretera en dirección a Portland. Yo asentí.

— Perfecto, porque ambas nos vamos a poner preciosas. No pienso dejar que estas navidades te vuelvas a quedar sola, te vendrás conmigo. A mi casa. 
— Aún no es seguro que vaya a pasar las navidades sola... Mamá me ha dicho que hará lo posible por venir —comenté, no muy animada ya que sabía que un 70% de aquello estaba en mi contra. La volví a mirar— en el caso de que me quede sola... ¿A tus padres no le importaran cargar de mí?
— Cielo, es solo un par de días. Además, las navidades son unas fechas muy importantes como para que te quedes en casa con Dorothea y sola.
— No. Me. Llames. Cielo. —le exigí, haciendo granes pausas entre aquellas palabras, pero vocalizando a la perfección— ¿Qué tiene de malo Thea? 
— No lo sé... pero no me da buena espina.

Solté una carcajada, ésta me miró con el ceño fruncido.

— Thea es nuestra criada desde que tengo nueve años, ¿no crees que ya va siendo hora de que superes tus desconfianzas hacia ella?
— Una espía internacional nunca puede bajar la guardia. ¿Entiendes? No sé... es... siniestra.
— Es una señora mayor. Viuda, sin hijos, con lo cual tampoco tiene nietos.
— ¡Ahí quería llegar yo!
— ¿Eh?
— Yo creo que te trata como a la hija o nieta que nunca tuvo. Está obsesionada contigo y siente que es tu dueña. ¿No lo notas?
— ¿Y eso qué tiene de malo? Yo tampoco tengo abuela...
— Y tu madre nunca está en casa.
— ¿Y?
— Pues que... no sé ¿no te da miedo? Es muy protectora contigo.
— Hanna, no tengo a nadie que me proteja. —la miré con seriedad y ésta asintió lentamente— mi madre no está, y con suerte la veo una semana al mes... papá falleció hace un año. No me quedan familiares. Dorothea es la única que está pendiente de mi. Si no fuese por ella yo creo que ya me habría caído un rayo encima. 
— También me tienes a mí...
— Lo sé, y te lo agradezco, de verdad... pero no es lo mismo. 

La conversación finalizó ahí y en menos después de una media hora larga de trayecto, más la música de fondo de la radio -que se iba cortando a causa de las interferencias- llegamos a Portland. 

La lluvia ya había cesado con lo cual estábamos libres de empaparnos. En cuanto nos hicimos por las calles de Portland. Hicimos un par de compras, yo obviamente no había obtenido nada, porque nada me gustaba, Hanna en cambio había salido con unas dos bolsas de cada tienda. Sin exagerar.

— Hanna, son las ocho y media... será mejor que volvamos. Mañana hay instituto.
— Qué sosa eres. —me replicó, enredando su brazo con el mío y comenzamos a caminar en dirección al coche. Paró en seco. — ¿Quién es ese? —preguntó en un susurro.
— ¿Quién es quién? —miré hacia todos lados.
— ¡Es Jèrome! 
— ¿Dónde? —fruncí el ceño.
— Allí, mira. —señaló con una mano cargada de bolsas hacia una especie de callejón. Jèrome se encontraba contra una pared. Envidiaba la increíble vista de mi amiga.
— Vale ¿Y? 
— ¿No te entran ganas de espiar?
— No. Quiero irme a casa. Es tarde. —arrugué la nariz, mirando al cielo oscuro y luego a ella. — Vamos.

Tiré de ella para caminar pero ésta me dio un tirón, haciéndome volver a mi posición.

— ¿Qué?
— ¿Ese no es Zayn? Tu compañero. 

Fijé mi vista nuevamente en el callejón, esta vez con más interés y efectivamente Zayn se encontraba allí y por la poción que tenía adoptada, agarrando por el cuello a Jèrome y muy cerca de su cara, seguramente no estuviesen teniendo unas palabras agradables. Vale, definitivamente Zayn me daba algo de miedo.

— ¿Y si le está haciendo daño? —preguntó Hanna. No lo quería ni imaginar.
— No. Cállate. —me negué. — Vámonos, anda. 

En ese instante pude sentir como la mirada de Zayn y Jèrome se posaban sobre mí y sobre Hanna. Una sensación bastante incómoda y ahora mismo tenía la necesidad de desaparecer. Tiré con prisa de Hanna y en seguida nos encontramos caminando hacia el coche de ésta. Minutos después ya nos encontrábamos de camino a su casa. Ésta aparcó frente a su puerta. 

— ¿Hanna? Mi casa... está por allí. —hice una seña con el dedo, ésta se encogió de hombros y mi mandíbula calló, asombrada. — ¿No piensas llevarme? ¿Hablas en serio?
— Cielo, es de noche y... a mamá no le gusta que conduzca estando el cielo así.
— ¿Me estás vacilando? Hanna... Como no vuelva andando no puedo volver. 
— Lo siento. De verdad.

Me quedé mirándola, impresionada y, cabreada, me bajé del coche dando un portazo, ésta se asomó por la ventana del copiloto y gritó un "Lo siento", yo sin embargo alcé mi mano y le enseñé el dedo corazón en un acto de pura rabia. 

No era el simple hecho de tener que caminar unos siete kilómetros a plena oscuridad. Era el hecho de tener que hacerlo sola, de noche y con algún que otro relámpago alumbrando el cielo cada cinco segundos. ¿He dicho ya que iba sola? Creo que sí, y lo repito. 

Me abracé a mí misma mientras me adentraba en la zona de autopista ya que a pesar de estar más solitaria que una calle normal, la distancia era mucho más corta y se agradecía en cierta parte... Al fin y al cabo no todo tendría por qué pasarme a mí ¿O sí?

Al parecer sí. Mi corazón se congelo y, por gilipollas, me quedé completamente quieta en cuanto escuché el ruido de un motor de moto acercarse. La vi pasar por mi lado y tras avanzar un par de metros por delante de mí, frenó de golpe, derrapando para quedar girada de lado hacia mí. Llevaba casco así que no lo pude diferenciar, solo por el hecho de que su completa vestimenta era negra deduje de quien se trataba.

— ¿Zayn? ¿Qué haces? —pregunté firmemente.

Una risa se escuchó y acto seguido se quitó el casco, dejando al descubierto sus cabellos negros despeinados. Me miró de arriba abajo y una sonrisa curva se formó en su rostro.

— ¿Qué haces tú andando sola a estas horas por aquí? —preguntó con sus ojos negros fijados en mis ojos.
— Hanna no me quería llevar a casa y era esto o hacer autostop. —expliqué, sin tener por qué.

Volvió a escanearme pero esta vez se llevó una mano a la barbilla y se la acarició con el dedo pulgar. Parecía pensativo.

— ¿Qué pasa? —pregunté cansada de sus ojos posados sobre mí y me encogí un poco, abrazándome más.
— Nada. —sonrió e hizo un gesto con su cabeza acompañado de una seña de su mano, indicándome que me acercara a él o que me subiera en su moto. No lo había descifrado muy bien. Opté por el primero.
— ¿Qué pasa ahora? 

Una vez cerca de él volvió a sonreír, esta vez mostrando sus dientes en una sonrisa que no sabía cómo descifrar... quizá juguetona y pícara. 

— Acércate más. —pidió. Le hice caso y mis manos se pusieron en mis caderas, formuandole una pregunta muda de aquella forma. Me miró a los ojos con total seguridad y puso el casco entre él y yo.— Póntelo y sube.

Solté una pequeña carcajadas y me separé de él.

— No pienso subirme en tu moto e irme contigo a saber dónde.
— Pensaba llevarte a tu casa.
— No sabes dónde vivo.
— Coldwater es un pañuelo, cielo. Sí que sé dónde vives. —sonrió ante aquella idea y volvió a ofrecerme el casco— póntelo y sube. Vamos.
— No. No quiero. Iré caminando.
— Heäven joder, parece mentira que tengas 17 años. Sube a la moto de una vez porque de aquí a que llegues a tu casa te pueden aparecer veinte mil gilipollas y aprovecharse de ti ¿Vale?

Aquello lo dijo serio, mirándome a los ojos fijamente y aún con el casco extendido. No aparté mi vista de sus ojos hasta que cogí el caso, rendida, y me lo coloqué. Acto seguido me acerqué nuevamente a él y apoyándome sobre sus hombros, a horcajadas, me senté detrás de él.

— Que sepas que tú también eres un gilipollas. —murmuré.
— Ya lo sé, por eso sé de qué hablo. 

Hice ademán de enrollar mis brazos alrededor de su cintura pero algo me detuvo, así que lo único que hice fue agarrarme a la tela de su cazadora de cuello. Noté como una sonrisa asomó en su rostro, principalmente porque giró el suyo para mirarme de soslayo.

— ¿Piensas que esto es un tío vivo o algo por el estilo? —me encogí de hombros, éste hizo una leve mueca.
— ¿No tienes otro casco?
— ¿Para qué? —volvió a mirarme.
— Para ti...
— Créeme, no me hace falta. Dudo mucho que me pase algo si tenemos un accidente. —sonrió. 

Esta vez no era una sonrisa pícara ni juguetona, sino más bien una que escondía un secreto... Un secreto del cual yo quería adueñarme. Vaya... que cotilla era. Lo gracioso es que no, no era una cotilla, más bien él era el que me volvía una completa obsesiva. Siempre había pensado que algo de él no cuadraba, y con aquellas palabras no logró dejarme tranquila... Debió de darse cuenta a causa del poema que ahora mismo representaba mi cara.

— Vamos Heäven, confía en mí. Agárrate bien.

Aquellas palabras retumbaron en mi cabeza... "confía en mí" una y otra vez, haciendo un eco infinito en cada una de las zonas de mi cerebro. Creí sentir un déjà vu ante aquello. Algo me sonaba completamente igual. Algo me recordaba a algún momento cercano pero para mi sorpresa, no lograba recordar el qué y sentía tenerlo en la punta de la lengua. Sin más remedio, enrollé mis brazos alrededor de su cintura, apretándome a él por completo, sintiendo las subidas y bajadas de su espalda contra mi pecho y el latido de su corazón. Aquello significaba que Zayn estaba sintiendo el latido de mi corazón, que ahora mismo parecía estar a punto de sufrir un infarto. No sabía por qué, ni quería saberlo, pero cuando se trataba de él cada célula de mi cuerpo se alteraba. 

En cuanto éste arrancó, con fuerza, mi cuerpo se apegó más al suyo sintiendo como mis piernas prácticamente aprisionaban sus caderas. Sentirlo así de cerca lo único que lograba era alterar mis jodidas hormonas, una oleada de calor me azotó por completo. Si con aquel simple roce o cercanía me ponía así, no quería imaginarme otras cosas. 

Minutos más tarde Zayn ya se encontraba aparcando frente a las puertas de mi casa. Sí, como él había dicho, sabía dónde vivía. Algo de aquello no me resultaba gracioso ni cómodo... pero digamos que ahora él había sido mi salvación.

— Gracias por traerme... —murmuré, quitándome el caso y sintiendo como mi cabello se despeinaba. Se lo extendí. Éste me evaluó.
— No te viene mal despeinarte, pelirroja. —comentó, sonriendo de forma ladina y cogiendo el casco para dejarlo sobre su regazo.— Digamos que estás todavía más sexy. 

Me quedé mirándolo embobada y sin saber qué movimiento realizar en el instante que éste acercó su mano hacia mi rostro y apartó un mechón que caía directamente delante de mis ojos, para dejarlo tras mi oreja. 

— Tenemos que hacer el trabajo de biología. —dije para cambiar de tema. Éste rió.
— Tienes mi número.
— No quiero llamarte. —me crucé de hombros— quiero quedar ahora. Dime cuando puedes. Mi casa está libre.
— Eso es una propuesta interesante... —comentó mientras cogía el casco con sus dos manos para ponérselo— ¿solos?

Asentí, sin pillarle todavía el truco.

— Vaya, Cielo, no pensaba que fueses tan directa. —se burló.
— Eres idiota. Estará Dorothea... creo.

Él sonrió, jocosamente.

— Hagamos una cosa... —propuso, mirándome directamente a los ojos e inclinándose hacia mí— quedamos pasado mañana para ir a Delphic y luego venimos a tu casa a hacer el trabajo de Biología.
— ¿Me estás invitando a salir? —entrecerré los ojos.

Esbozó una sonrisa.

— A veces eras lenta, otras veces vas demasiado rápido. —aquello me molestó, pero tenía razón.
— ¿Eso qué significa?
— Nada, déjalo. El jueves te recojo a las siete y media. —se puso el casco y arrancó, pero sin marcharse.
— No he dicho que sí aún. Además, no te conozco. Se supone que eres un extraño para mí con lo cual, no.
— Tan extraño no debo de ser si has aceptado dejar que te acompañe a tu casa —empezó a numerar cosas—, contando también que me has invitado a tu casa, cuando quiera y a la hora que quiera porque estás sola. Eso a una persona de la que desconfías no se lo permites. ¿O eres así de liberal, Heäven?

Tenía razón. Lo dramático de todo esto era que él era un completo huracán de emociones. Era confianza y desconfianza continua. Confianza porque sentía que de alguna forma él y yo estábamos conectados... y no sabía por qué. Desconfianza porque escondía un secreto, era misterioso y eso... daba miedo.

— Te contestaré mañana.
— Me parece bien.

Dicho aquello, arrancó del todo y salió del recinto para volverse a encaminar a la carretera. Una pequeña oleada de rabia, confusión, impotencia y la que más me jodía de todas, alegría, saltaban en mis tripas. Zayn era tan jodidamente confuso y contradictorio que me hacía perder los papeles y ni si quiera saber cómo contraatacar. 

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