Me quedé mirándolo con seriedad, aún recapacitando las palabras que éste acababa de soltar. "Te quieren a ti". Aquella frase se repetía en mi cabeza una y otra vez, intentando buscar una respuesta lógica para contestarle. Mis ojos en cambio, seguían clavados en su silueta. Se mostraba tan tranquilo... Me ponía nerviosa.
— ¿Qué quieres decir con que me quieren a mí?
Sus ojos se alzaron para encontrarse con los míos y sonrió.
— Lo que oyes.
— ¿Por qué?
— Porque eres lo que ellos necesitan, Heäven.
— No entiendo qué quieres decir con eso.
— Por supuesto que no lo entiendes. Tampoco esperaba que lo hicieras.
Tomé una bocanada de aire nerviosa y pude escucharlo suspirar. A continuación, volvió a hablar.
— ¿Nunca te has molestado en investigarles? —me miró enarcando una ceja. Yo hice lo mismo— Quiero decir, no sabes nada de ellos. ¿No?
— ¿Tú los investigarías?
Sonrió.
— ¿Y por qué no hacerlo?
— No me han dado motivos para desconfiar.
Sus ojos se tornaron algo más oscuros y una especie de dureza se apoderó de su rostro. No dijo nada. Simplemente se quedó callado, serio y mirándome. La piel se me puso de gallina y no supe si se debía al gran escalofrío que había recorrido mi cuerpo se debía al tremendo frío que hacía puesto que entraba el aire por la ventana o a que él mismo me daba miedo.
Era una especie de diablo. Era el hijo del diablo. Un exquisito manjar el que estaba dispuesto a probar. Lo tenía más que claro.
Me abracé algo más, sintiendo como la yema de mis dedos e incluso mis uñas se clavaban en mis brazos y pude escucharlo reír. No lo miré pero sin embargo supe que se levantó puesto que la luz fue aún más oscura cuando éste se acercó a mí.
Sentí el tacto de su cálida piel recorriéndome el brazo y nuevamente mi piel reacción ante aquello. Moví mi mirada lentamente hacia su rostro y me morí de vergüenza en el momento que fui consciente de que lo único que se escuchaba, a parte del sonido de la lluvia, eran los latidos de mi corazón... Los cuales latían como si me fueran a romper las costillas.
— Tienes frío. —dijo en un tono bajo, acercándose un poco más y colocando una de sus manos sobre mi desnuda cintura. Hundiendo sus dedos en mi piel— Podríamos arreglar eso, ¿Sabes?
Solté un suspiro. ¿O fue un jadeo? No estaba segura. Solo sé que mi pecho iba a estallar y que desde que sus dedos se habían dedicado a dejar caricias en mi brazo había dejado de sentir aquel frío infernal. Sin darme cuenta, sentí el ardor de su aliento sobre mi cuello, probocándome pequeñas taquicardias. De aquello estaba segura. La punta de su nariz rozó la curvatura de mi cuello y sin pensarlo moví mi cabeza hacia el lado contrario, haciendo que mi cuello se estirara para así invitarlo a hacer lo que quisiera con él.
¡Mal! ¡Siempre hacías lo mismo!
Cerré mis ojos en el momento que la suave piel de sus labios se posó sobre mi clavícula y la calidez de la punta de su lengua recorrió aquella zona. Me iba a desmayar y mis piernas comenzaban a temblar y adormecerse.
Sin quererlo, una de mis manos se posó sobre su hombro, el cual se encontraba cubierto ya por una camiseta. Mis dedos se apretaron bruscamente en aquella zona y fue entonces cuando su mano abandonó mi cintura para dirigirla hacia mi muñeca. Con ambas manos impidió el movimiento de las mías, colocándolas tras mi espalda y empotrándome con suavidad contra una de las paredes.
No sé cuando había ocurrido, pero la luz se había ido y yo no había sido consciente de aquello. Era patético que cuando se trataba de Zayn, solo existía él y lo demás me importaba una mierda. Sí. Definitivamente sí. Era muy patético.
— Las manos quietas... —susurró contra mis labios, rozándolos con sus labios con suavidad. Su aliento chocaba contra mi boca con suavidad. Menta. Delicioso, como él. La menta quemaba... Como él— A no ser que las vayas a usar para tocarme otra cosa.
Viva el romanticismo.
Mis ojos, los cuales si fueran bolas de helado ya estarían derretidos, se fijaron en los suyos. Cercanos... podía sentir como mis pestañas y las suyas prácticamente se rozaban y el roce continuo de su nariz con la mía me deleitaba. Mi cuerpo palpitaba en todas las zonas existentes posibles. Estaba completamente fuera de control y todo por su culpa. Una vez más.
— ¿Por qué me haces esto? —aquello salió de mi boca sin previo aviso y pude sentir sus sonrisa contra mis labios.
— ¿Hacerte el qué?
La yema de sus dedos acariciaban con lentitud mis muñecas y más tarde depositó un beso lento en mi comisura, comenzando a delinear mi mentón con sus labios. Otro jadeo salió de mi boca y ahora sus manos abandonaron mis muñecas y se posaron sin temor alguno sobre mis caderas, encima de mis bragas. Me había liberado. Yo sin embargo dejé mis manos donde estaban, inmóviles ante sus besos los cuales surcaban lentamente las zonas de mi cuello y clavícula. Sus dedos jugaron con la tira de mis bragas, algo torpes pero con total control. Condujo uno de sus dedos por dentro de la tira elástica de éstas, haciéndome sentir pequeños calambres en mi espina dorsal y antes de que yo pudiera protestar, el roce de sus labios contra los míos me callaron y con lentitud y elegancia se apoderó de mis labios en un juego en el que yo era la sumisa. Sin dudarlo ni un segundo, mi boca se abrió a la suya y nuestras lenguas se encontraron. Siendo un encuentro dulce y deleitador. Un encuentro magnético y eléctrico. Tan sumamente escalofriante que lo hacía la droga más adictiva del mundo.
Mis labios se amoldaron a los suyos a la perfección y sus manos ahora volvieron a coger mis muñecas para alzarlas hasta su cuello y así colocarlas alrededor de éste. Gemí contra sus labios en cuanto sus manos tocaron mi trasero y de un impulso salté para así enrollar mis piernas alrededor de su cadera. Me sujetó fuertemente contra él y mis manos vagaron hacia su rostro, queriendo atraer su rostro más hacia el mío para así intensificar aquel beso. Necesitaba sentirlo. Quería gritar lo mucho que lo necesitaba. Tenía hasta ganas de llorar, porque la frustración de querer más de él y no poder conseguirlo me estaba asfixiando internamente.
Sus manos recorrieron mis muslos con lentitud, cogiéndome firmemente para alzarme algo más contra él y nuestros pechos chocaron. Estaban tan juntos que ni un alfiler podría pasar entre nuestros pechos. Mi respiración era agitada y antes de que me diera cuenta me encontraba sentada sobre sus piernas y él sobre el colchón.
Dejé de besarlo ante la extrema necesidad de necesitar aire y su mano se colocó con suavidad en mi cuello, acariciando con la yema de mis dedos éste para después dejar un mechón de mi cabello tras mi oreja. Sonrió e inevitablemente yo hice lo mismo. Mi pecho subía y bajaba, rozando el suyo con lentitud.
— Tienes los labios hinchados. —soltó, mirándolos con una sonrisa sincera y luego sus ojos se encontraron con los míos— Eres preciosa.
¿Qué había dicho? Parpadeé con lentitud, sintiendo como mis mejillas enrojecían bruscamente y un revoloteó de mariposas invadían mi estómago. No. Que dijera aquello no formaba parte de mis planes. Nunca me lo habría imaginado. No de él.
— Y estás todavía más guapa cuando dejas que se te alborote el pelo. —pasó su lengua por sus propios labios, humedeciéndolos y me quedé atónita ante aquel perfecto movimiento.
Avancé mi rostro hacia el suyo para volver a capturar sus labios pero él me lo impidió, girando la cara de una forma inesperada. Fruncí el ceño. ¿A qué narices estaba jugando?
— Heäven, te había dicho que iba a encargarme de quitarte el frío. —escupió, son una pequeña risa en su voz que me hizo sonrojar.
— ¿Y si te pido más? ¿Qué pasa? —me atreví a pregunta.
Su rostro se giró y volvió a mirarme a los ojos. Su mano acarició mi mejilla y con su dedo pulgar tocó mi labio inferior. Parecía examinarlo, pues sus ojos se centraron en mis labios.
— Que no te lo puedo dar.
Fruncí el ceño ante aquello.
— Tú misma lo has dicho, Ángel. No confías en mí. —me volvió a mirar— ¿Piensas entregarle tu virginidad a alguien en quien no confías? ¿En alguien al que tienes miedo?
Me quedé congelada ante sus palabras y de algún modo u otro, sentí ganas de llorar.
— Zayn... yo... —balbuceé, avergonzada y agachando la mirada. Éste colocó su dedo índice sobre mi barbilla y me alzó el rostro para mirarlo de nuevo.
— No tiene por qué decir nada. Si fuera tú, también estaría asustada de mí mismo.
— ¿Por qué?
— Porque no soy un ángel.
Sentí una punzada en el pecho y me moví encima de él para quedar más cerca. Sujeté con posesión el colgante de plata que rodeaba su cuello.
— Pero jamás te haría daño. Eso te lo puedo asegurar. —murmuró con la voz perdida— Algún día estarás preparada para saberlo todo. Algún día... puede que incluso pueda compartir contigo todo lo que soy y fui. Sobretodo lo que fui y que por alguna razón... tú has cambiado en mí. Y lo único que de verdad quiero que tomes en cuenta de todo lo que te estoy diciendo, es que no te fíes de ellos. No son buenos. —sus ojos se oscurecieron nuevamente— No buscan nada bueno... Y no te quieren para nada bueno.
No hay comentarios:
Publicar un comentario