domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo 19

Coloqué los libros en forma de torre dentro de mi taquilla, escuchando las taladrantes palabras de Hanna a las cuales aún no les había pillado el sentido. Había pasado prácticamente todo el fin de semana pensando en las palabras de Zayn y en aquellas cicatrices que cruzaban su espalda sin piedad alguna. Además de ello, le sumaba el hecho de la bronca gutural que recibí por parte de mi madre al llegar a casa, solo tenía en mi cabeza hueco y paciencia para dolores.

— Heäven, ¿me estás escuchando?
— No.

La mirada que me dirigió fue confusa y cerré la taquilla de un fuerte golpe, mirándola fijamente a los ojos.

— Me duele la cabeza. He tenido días duros y no puedo concentrarme. Lo siento.
— Déjame adivinas... ¿Tus problemas de concentración se resumen a un nombre que empieza por Z y termina por Ayn?

Puse los ojos en blanco y comencé a caminar hacia las afueras del edificio, justo a la zona del campo de fútbol donde se encontraban varios chicos jugando al fútbol. Sí. Admito que estaba buscando a Zayn con la mirada, pude encontrarlo sentado en una de las gradas mirando como jugaban. Sonreí de manera automática en cuanto mi mirada se encontró con la suya y éste sonrió de vuelta. Pude sentir una especie de electricidad en mi estómago y mordí mi labio inferior ante aquel contacto visual. 

Todo mi mundo de arco iris y flores se rompió en cuanto recibí un codazo por parte de Hanna. La fulminé con la mirada y se echó a reír en mi cara.

— Nena, deberías de disimular un poco. —sonrió de forma prometedora pero en cuanto su mirada volvió a fijarse en el campo, aquella sonrisa se transformó en una mueca de sorpresa, asco y asombro— ¡¿Qué es eso?! —exclamó, cogiéndome del brazo con fuerza.

Giré mi vista rápidamente hacia el campo de fútbol y busqué algo extraño con mi mirada. Pronto pude entender a qué se refería. Y me sorprendí al igual que ella, solo que seguramente no estaríamos sorprendidas por lo mismo. 

Habían unas cicatrices en forma de V invertida en su espalda, al igual que las que tenía Zayn. Mi mirada se paseó rápidamente de Zayn a Jèrome y una especie de escalofrío me recorrió el cuerpo ante el rostro endurecido del moreno. Jèrome no tardó mucho tiempo en ponerse una camiseta que le había obligado a quitarse a uno de los contrincantes con los que estaba jugando. Gracias a Dios, no llegaron a pelearse bruscamente. 

Hanna continuaba meneandome bruscamente el brazo, aún conmocionada por lo que había visto. 

— ¿Has visto esas pedazo de cicatrices que tenía en la espalda? —preguntó sin soltarme.
— Sí... Son raras, ¿verdad? —me alejé de allí, queriendo salir del campo de visión de aquellas dos personas. Hanna me pisaba los talones, aún mirando hacia el campo de fútbol. Sin pensármelo dos veces, me giré, mirándola— Hanna... Creo que esconden algo muy gordo.

Su mirada ojiazul se apagó ante varios parpadeos que ésta dio. Sus ojos se achinaron por un momento, al igual que su nariz se arrugó y pronto exclamó un:

— ¿Qué? 
— Esas cicatrices que le has visto a Jèrome... También las tiene Zayn en la espalda. Son iguales. Absolutamente. Son idénticas. —mi cabello se erizó y mi pulso se aceleró. Hanna por su parte parecía reírse de mí.
— ¿Cuándo has visto a Zayn sin camiseta? ¿Es esa la razón por la cual no te concentras?
— Hanna, no estoy bromeando. Lo digo muy en serio.
— Yo también.






Dejé la mochila sobre mi cama en el instante que entré en mi cuarto al dar un portazo. Dorothea había salido a hacer unos recados que le llevarían un par de semanas. Por suerte, mi madre estaba en casa y no me encontraba sola. ¿Lo mejor de todo? Que con ella sí que me sentía protegida las 24 horas del día.

Me senté frente al ordenador, dispuesta a buscar información sobre el trabajo de Literatura Hispana que tenía que realizar para la semana que viene. Sí, Hanna ahora mismo me estaría diciendo que era demasiado pronto. Yo a esto le llamaba responsabilidad y no querer dejarlo todo para el final. No pude evitar que mis pensamientos vagaran más allá de Hanna, y me encontré con Zayn e inevitablemente Jèrome en ellos. Mi ceño se frunció en el momento que recordé sus cicatrices conjuntas. Aquello era espeluznante y cualquier persona diría que incluso imposible. 

Presioné las teclas del teclado, escribiendo en la barra de Google "cicatrices con forma de V invertida". Me sorprendí cuando la primera página que me apreció decía:

> Ángeles caídos/Demonios.

> "Un Ángel caído es un ser sobrenatural, un Ángel malévolo. Con frecuencia se lo representa como una fuerza que puede ser conjurada o controlada, lo cual en estos casos es falsa. Son ángeles que fueron arrojados del cielo debido a que, de un modo u otro, sucumbieron ante los pecados terrenales. Algunos de ellos tomaron esa decisión por su propia cuenta. Contrario a lo que muchos creen, los ángeles caídos y los demonios son distintos. Un Demonio es un ángel caído de alto rango (es el equivalente a un arcángel). El rango se da según la antigüedad del caído o la gravedad del pecado que cometió. Incluso gana experiencia y "puntos" por su comportamiento una vez en la tierra. Cuando un ángel es despojado de sus alas y arrojado a la tierra, los arcángeles (que son los encargados de esa tarea) guardan una de las plumas para archivarla. Las otras se descomponen rápidamente. Hacen esto ya que, si quemas esa pluma, el ángel caído es encadenado al infierno, por lo tanto así lo mantienen a raya. Uno que otro ángel caído conserva una pluma con él, que es guardada cuidadosamente por propia seguridad. Lo único que separa a estos seres del resto es la puerta del olvido, la cual es vigilada por los ángeles. Aun así, es muy fácil abrirla, todo depende de quien quiera cruzarla."

Mi mirada se quedó paralizada frente al monitor. No sabiendo si echarme a reír o llorar. Parpadeé un par de veces cuando sentí mis ojos quemar, y, con bastante intriga, continué leyendo.

> "Los ángeles caídos vagan por la Tierra en busca de cuerpos humanos que acosar y controlar. Tientan a los humanos para que hagan el mal introduciendo pensamientos e imágenes en sus mentes. Si un ángel caído consigue pervertir a un humano, puede entrar en su cuerpo e influir sobre su personalidad y acciones. Sin embargo, la ocupación de un cuerpo humano por un ángel sólo puede ocurrir durante el mes hebreo de Jeshván. El Jeshván, conocido como el mes amargo, es el único que carece de festividades judías de importancia, lo que lo convierte en un mes profano. Durante el Jeshván, entre la luna nueva y la llena, los ángeles caídos invaden en masa los cuerpos humanos".

Mi lectura se interrumpió en el momento que alguien golpeó la puerta de mi cuarto con fuerza, haciéndome pegar un brinco de mi silla. Me giré, asustada y con le corazón latiéndome a 100 por segundo. Era mi madre.

— Heäven, va siendo hora de que te vayas arreglando.
— ¿Por qué? —fruncí el ceño.
— No te lo he dicho pero... vienen Brittany y su padre a cenar. Dúchate, arregla tu cuerpo y busca un vestido en tu armario. 

Antes de que pudiera protestar, desapareció por la puerta, dejándome totalmente anonadada... Pero para ser sinceros, aquel no era mi mayor problema. No. Mi problema ahora mismo era lo que acababa de leer. Era una locura. ¿Ángeles Caídos? Estamos en el planeta tierra, no en una película.

Lo cierto es que lo que me asustaba tanto de aquello era que no me costaba creérmelo. Había algo en Zayn, Jèrome y sus vidas que me era totalmente extraño y distante. Algo que les hacía no verse no humanos. Estaba aterrorizada y... prácticamente estupefacta. 



La noche llegó y con ello la maldita incomodidad de llevar puesto un vestido el cual no quería ni ver en pintura. El vestido que llevaba puesto era el que llevé en una de las últimas cenas familiares junto a mi padre. Desde que éste falleció no he vuelto a usarlo... No hasta hoy, que mi madre se empeñó en que si ella había pasado página y lo había superado yo también debía hacerlo. 

Suspiré cuando el timbre sonó. Salí de mi cuarto sin rechistar, vagando con mala gana hacia la parte baja de la casa donde cenaríamos y algo se removió en mis tripas en el instante en el que mi mirada se juntó con la de Brittany. Aún no podía creerme que, si lo que fuera que mi madre tuviera con ese señor, fuésemos hermanastras. Saludando de mala gana me senté en la mesa donde ya estaban todos los platos puestos. Mi madre se encargaría de servir la comida.

Ya había casado cerca de hora y media desde que habíamos empezado a cenar y por el momento solo se habían dedicado en hablar de los planes futuros de Brittany. Sobre a qué se dedicaría y sobre dónde se sanea el cabello. Aquello me estaba poniendo enferma... Pero nunca súper lo enferma que realmente me estaba poniendo hasta que decidieron postrar su atención en mí.

— ¿Y tú, Heäven? —la amabilidad del señor Strauss me removió las entrañas— ¿A qué quieres dedicarte? 

Me encogí de hombros, sintiendo después un codazo por parte de mi madre.

— No lo sé. Hay tantas cosas que no puedo decidirme. —mentí, sonriendo con desgana.
— Bióloga. —soltó mi madre— Es una amante de la biología. Le encanta, ¿A qué sí, Cielo?
— Sí. —aquello no sonó muy convincente y Brittany lo notó.
— ¿Cómo vas a querer ser Bióloga si tu nota más alta en Biología es un cinco? —se burló y yo no pude hacer otra cosa que echarme a reír.
— ¿Cómo vas a querer ser diseñadora de ropa si para eso hay que tener estilo? —contraataqué, llevándome el vaso a la boca y pegando un trago. 
— Heäven, no seas maleducada.

Cerré los ojos con fuerza, dejando la servilleta sobre la mesa y levantándome.

— ¿Me disculpáis? Me gustaría ir a dar una vuelta. No me encuentro bien, creo que es una bajada de tensión. Me gustaría tomar el aire. 

Mi mirada se dirigió hacia la de mi madre, y después hacia la del resto de personas sentadas en la mesa. Terminaron asintiendo con desgana y, sin ni si quiera pararme a coger una chaqueta o cualquier medio para abrigarme, salí por la puerta principal dando un portazo.

El frío enseguida me arropó y en mi mente una batalla de entre si volver a entrar a coger algo para abrigarme o si pasar y continuar se avivó. No. Definitivamente pasaría. Pasaba de hacer el ridículo. 

Comencé a andar sin rumbo fijo. Me conocía la zona de memoria. Podría vivir en el culo del mundo, pero aquello no quitaba que no me hubiese dedicado a pasearme más de una vez por las noches por la zona. Me abracé a mi misma, sintiendo mi piel congelada contra la cálida piel de mis manos pero mi tranquilidad no duró para siempre, puesto que escuché el crujido de unas ramas. Inconscientemente me giré, buscando a alguien o algo que diera respuesta a la cantidad de paranoias que se me estaban pasando por la cabeza.

No había rastro de nada. Suspiré, sintiendo los latidos de mi corazón calmarse pero cuando me giré di un brinco tan sumamente grande que si no hubiese sido porque me habían cogido firmemente de la cintura me habría caído al suelo. Se trataba de Samuel.

— Sa-Samuel... —tartamudeé, tragando saliva con dificultad y quitándole las manos de mi cintura.
— ¿Estás bien? —preguntó, su voz sonó un tanto ronca y sus ojos parecían estar inyectados en sangre.

Asentí, desconfiada y me alejé un poco más de él.

— ¿Qué haces por aquí? —me atreví a preguntar.
— Venía a buscarte. —me quedé callada, esperando a que prosiguiera— Necesitaba proponerte algo.

Se balanceó un poco, desequilibrado y dio una zancada hacia mí, cogiéndome firmemente por la cintura otra vez. Su aliento apestaba a alcohol y mis manos se posaron fuertemente sobre sus antebrazos, queriéndolo alejar de mí.

— Hemos planeado Jayden y yo irnos de acampada este fin de semana. Se lo hemos comentado a Hanna y ha dicho que sí. Por favor, di que vendrás con nosotros tú también. 
— Samuel... yo no... —quise continuar pero la voz de alguien conocido me hizo parar en seco.
— Suéltala.

Samuel sonrió, algo irónico y de inmediato me soltó. Su mirada se fijó en una silueta que se encontraba tras de mí y me giré. Era Zayn... y a su lado estaba Jèrome. 

— Shh... tranquilo, amigo. Toda tuya. —Samuel sonrió aún con aquel toque irónico y se alejó de mi con ambas manos alzadas— Por ahora. 
— Vete de aquí si no quieres que esto termine peor. —los ojos de Zayn eran oscuros como la noche y profundos como el mar. Taladraban a Samuel sin pudor alguno, intimidándolo. Pude notar todo su cabreo en la vena de su cuello que estaba asomando... como si toda la sangre de su cuerpo se concentrara allí y aquella vena fuese su corazón. ¿Los ángeles caídos tendrían corazón?

Samuel me dedicó una mirada complice, y tras lanzarme un beso y reírse, desapareció entre los arbustos. Miré a Zayn, confusa y algo decepcionada.

— ¿Por qué le has dicho eso? Está borracho. No es bueno que esté solo.
— Tampoco es bueno que estés tú sola, y menos con él borracho.

Jèrome parecía no hablar. Simplemente observaba la situación del mismo modo en la que Zayn lo había hecho antes.

— ¿Qué hacéis vosotros aquí? 
— Teníamos cosas que hacer. Vuelve a tu casa. 

Zayn me hizo una seña con la cabeza, indicándome hacia mi casa pero yo simplemente me crucé de brazos y miré a Jèrome.

— Yo mejor voy encendiendo el coche. Te espero ahí, Zayn.

Zayn no apartó la mirada de mí, yo en cambio seguí a Jèrome con la mirada, incomodada e intimidada por la presencia del moreno.

— ¿Qué hacías dando vueltas tú sola y a estas horas?
— Tenía cosas que hacer. Vuelve a tu casa. —le repetí, sonriendo con falsedad y pasando por su lado, dándole un golpe con el hombro en su brazo de forma brusca. ÉL no pareció moverse y me cogió por la cintura, recostando mi espalda con suavidad contra el tronco de un árbol— Vaya. ¿Vas a abusar de mí? —lo miré, enarcando una ceja.

Zayn rió son suavidad, sujetando mis muñecas con firmeza.

— No sería abusar. Eres bastante receptiva cuando se trata de mí. —relamió sus labios contactó directamente con mis ojos. Llevaba razón— Heäven... va a ser la última vez que te lo diga.
— Sabes que no. Que me lo vas a decir más veces. —contradije.
— Bien... No quiero que estés cerca de Samuel. Tampoco de Jayden.
— Aún no me has dicho el por qué.
— No son de fíar. Ya te dije que te quieren a ti y no es para nada nuevo. —su agarre se suavizó y ahora posó sus manos en mi cintura con suavidad.— Prometeme que vas a alejarte de ellos. Por favor.
— Lo haré si contestas a mi pregunta.

El moreno suspiró cansado.

— ¿Qué?
— ¿Crees en el infierno? —mis ojos lo miraron con curiosidad y pude ver como el negro intenso volvía a aparecer en sus ojos. Se mantuvo firme.
— ¿Crees en el cielo? —contraatacó. 
— No.
— Pues yo sí. Lo tengo delante ahora mismo. 

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