Fruncí el ceño en cuanto vi que Zayn conducía la moto hacia el aparcamiento del Arcade Bo. Aquello no era lo planeado, pero no dije nada, simplemente me quedé callada y ya una vez pisaramos tierra, le preguntaría a qué cojones venía aquello.
Uno de los brazos de Zayn se encontraban sujetándome a su cuerpo por la cintura, manteniendo la palma de su mano en mi viente y simplemente conducía con una mano. Aquello me pareció condenadamente inapropiado y peligroso, pero del mismo modo... sexy. Mordí mi labio inferior una vez el moreno aparcó la moto y una vez el motor dejó de sonar se quedó en la misma posición, sin moverse.
— ¿Piensas moverte? —pregunté, plasmando sin querer una sonrisa en mi cara. Pude sentir una sonrisa por su parte. Aflojó el agarre y perdí la sonrisa.
— Parecías cómoda —comentó, soltándome del todo con tranquilidad y bajándose de la moto una vez puso una especie de freno para que se mantuviera en pie.
Lo miré fijamente sin saber qué decir. Estaba cómoda y... por mí me habría quedado toda la noche así. Éste me miró, serio pero podía ver una chispa de alegría en sus ojos. Me intimidaron por un momento, pero me gustaba mirarlos así que le aguanté la mirada. El moreno pronto reaccionó y se acercó a mí, desabrochándome el casco y una vez me lo quitó colocó mi cabello sobre mis hombros con cuidado. Un detalle, por cierto.
— ¿No decías que me ibas a enseñar baseball? —pregunté por fin y luego dirigó la mirada al letrero del Arcade Bo. Él rió—. ¿Qué hacemos aquí?
— Para empezar... —se apartó de mí y me miró de arriba abajo, aún sentada en la moto, parecía analizarme— no llevas la ropa adecuada para jugar baseball, pequeña. —chasqueó su lengua, divertido y no pude evitar sonreír— y para continuar... ¿pretendes aprender a jugar baseball sin saber jugar al pool?
Alzó una ceja, espectante. Já, muy gracioso. Ambos sabíamos que no hacía falta alguna el saber jugar al pool, o conocido billar, para saber manejar un juego de baseball. Principalmente lo sabía porque yo era bastante experta en baseball y no tenía ni puñetera idea de jugar al pool. Alcé una ceja también, imitándolo y bajando de la moto de un salto. Pasé mis mano por mi falda negra y después me arreglé el cabello.
— Bien, te voy a dar una paliza.
Caminé con seguridad, dejándolo atrás y lo miré por encima del hombro, dedicándole una sonrisa. Éste simplemente me miraba asombrado por mi repentina confianza en mí misma. Para qué negarlo, hasta yo me había sorprendido.
— ¿Vienes o te echas para atrás, Malik? —dije parándome y girándome para verlo. Coloqué ambas manos en mis caderas.
El moreno negó con la cabeza y se mordió el labio inferior. Maldita sea, estaba demasiado bueno para ser real y yo era demasiado débil para tal monumento. Lo vi caminar hacia mí y colocó una de sus manos sobre mi cintura baja, acercando su rostro a mi oído.
— Estoy ansioso por verte en marcha, Ángel —susurró, rozando sus labios rosados contra la cálida piel de mi oreja. Sentí el infierno dentro de mí y un revoloteo de mariposas en el estómago. Acto seguido, elevó su mano hacia mi rostro y lo hizo girarse hacia el suyo. Estaba demasiado cerca—. ¿Entramos o te echas atrás, cielo?
Tragué saliva. Estaba claro que si hablando de juegos de seducción el capullo que ganaría en todo momento sería él. Tenía él mismo el mando de la situación y lo sabía y aquello... me eneravaba. Algún día la cosa cambiaría, o por lo menos eso esperaba.
Como la última vez en la que me dirigí al Arcade Bo por mi cuenta, el sitio estaba complétamente lleno. Chicas vestidas extrabagantemente para llamar la atención. Grandes dotes. Pechos grandes, culos respingones y curvas de infarto... era normal que yo al entrar hubiese llamado la atención... era todo lo contrarío a aquellas Diosas griegas. Para mi sorpresa, Jèrome no se encontraba aquí y aquello me extrañó... Él siempre solía estar presente.
— ¿Y Jèrome? —pregunté. Zayn no me miró, pero noté como su mandíbula se tensaba.
Nos encontrábamos sentados en unas de las mesas libres ya que habíamos pedido algo para cenar. No lo había dicho pero temía que Zayn hubiese sentido el feroz rugido de mis tripas cuando se encontraba con su mano en mi estómago. Me moría de hambre pero él... parecía tranquilo.
— No suele frecuentar el local entre semana. —comentó, inclinándose hacia delante para tenerme a una mejor vista— si aparece por aquí... suele ser por algo realmente importante. —continuó.
— ¿Importante? ¿Cómo qué? —apoyé los codos sobre la mesa y mi barbilla la dejé reposar sobre mis manos, contemplándolo de cerca.
— Eres demasiado pequeña para saberlo. —bromeó, o eso creía. Fruncí el ceño, molesta y él lo notó.— No te enfades.
— No me enfado. Soy madura como para saber que ese comentario lo has hecho simplemente para molestarme y déjame decirte que no lo has logrado. —mentí, alzando el mentón para querer parecer orgullosa y digna de respetar. En ese momento apareció una camarera con lo que habíamos pedido para cenar. Tacos. Aquello me hizo revivir cierta escena con el moreno que tenía delante y... por un momento se me cortó la respiración. Vi la insinuante sonrisa de la camarera rubia hacia Zayn y como éste la correspondía. Imbécil—. La baba. —comenté.
— ¿Celosa? —humedeció sus labios y me miró.
— ¿Yo? ¿De tu capacidad de crear saliva en menos de un microsegundo? Para nada. —ironicé.
Zayn no dijo nada, simplemente rió y negó con la cabeza levemente. Aquella situación le divertía y le gustaba. Por mi parte, yo no podía decir lo mismo.
En cuanto terminamos de cenar, nos mantuvimos hablando de cosas sin importancia... bueno más bien yo me encargué de preguntarle cosas sobre su vida aunque éste no me contó mucho. Lo justo y necesario.
— ¿Trabajas? —pregunté, mirándolo con los ojos achinados. Él asintió. Vaya... sorpresa.— ¿En serio? Yo pensahaba que un chico malo como tú se dedicaba simplemente a las apuestas, droga, robar y violar a muchachas indefensas. —bromeé.
— ¿Soy un chico malo? —alzó una ceja.
— Eso parece.
— No me drogo. —contestó bastante serio.
— Ya lo sé. Tampoco robas ni violas muchachas indefensas. —entorné los ojos pero él no dijo nada. Ok, pretendía asustarme o algo parecido.— ¿Dónde trabajas? —quise cambiar de tema.
— En Boderline's.
Vale, ahora sí que me había sorprendido.
— Mentira.
— Verdad. —me contradijo.
— Hoy he ido a Boderline's y no estabas.
— Los jueves y viernes tengo los días libres. —me guiñó un ojo. Hice una mueca y de repente éste apartó su mirada de mí para centrarla en el fondo de la sala. Me giré y entonces vi una de las mesas de billar vacías— Ahí tenemos nuestra preciada joya. Vamos.
En cuanto nos encontramos en la mesa de pool que nos correspondía él se encargó de coger unos tacos para jugar al billar que se encontraban pegados a la pared. Me ofreció uno y lo cogí. Acto seguido caminé con tranquilidad alrededor de la mesa, sin apartar la vista de él. En cuanto pudo sacó todas las bolas y las dejó sobre la mesa, utilizando el molde triangular para mantenerlas todas juntas.
— Las damas primero. —dijo. Vaya, qué amable.
— Mmm no. Tú eres el maestro. Primero me enseñas y yo... repito tus movimientos. —dije. Éste rió y se inclinó sobre la mesa. En un abrir y cerrar de ojos todas las bolas se esparcieron por la mesa y algunas se colaron por los agujeros—. Me has impresionado. —le piropeé.
— No has visto nada, aún.
— ¿Sabes hacer más cosas sobre esta mesa de pool? —pregunté, pareciendo inocente y... siéndolo.
— Y en muchos otros sitios.
Su sonrisa de pirata delató lo que estaba sacudiendo su cabeza y... me sacudió a mí también. Me encantaba.
— Vale, déjame a mí. Es mi turno.
Con confianza, froté mis manos e imité sus movimientos... por desgracia no di a ninguna bola. Ni si quiera a la blanca. Él carcajeó y dio alguna que otra palmada burlándose de mí. <Menudo cabrón>, pensé. Me quedé inclinada sobre la mesa, lamentándome por el numerito que había montado para él pero prontó sentí sus manos sobre mis caderas y me erguí un poco, pero aún me mantenía inclinada.
— Te voy a enseñar. —susurró ya inclinado junto a mí. Podía sentir su pelvis sobre mi trasero y el tacto de sus manos sobre la fina tela de la camisa que llevaba. Me estaba costando la vida concentrarme en lo que realmente importaba en éste momento. Pronto deslizó sus manos para poder colocarlas sobre las mías y el taco para jugar al billar.— Primero necesitas concentración. —susurró.
— Me lo estás poniendo difícil. —murmuré, sin querer decirlo en alto y sentí su sonrisa en mi cuello. Me puso los pelos de punta.
— Fíjate en la bola blanca. ¿La ves? Bien... ahora fija otro objetivo, la bola que veas más a tu alcance. La roja, por ejemplo. —continuó diciéndome, en un tono calmado y lento. Me ponía nerviosa...
En cuanto estuve a punto de dar la bola blanca perdí el control ante su respiración continua en mi cuello. Estaba deseando que por favor me mordiera o hiciese algo para terminar con aquella tensión sexual que nos envolvía. La bola salió disparada, pero de la mesa e hizo fuertes ruidos en el suelo. Al parecer nadie se inmuto.
Me erguí de golpe junto a él y éste continuaba riendo. Maldito hijo de puta, seguro que había montado aquel numerito de profesor para reírse de mí otra vez. Me giré, pasándome la mano por mi cabello cobrizo para así apartarlo de mi cara y lo miré con cierto rencor pero... tenía gracia.
— ¡No te rías! —exclamé quejándome. Él respondió colocando sus manos a ambos lados de mis caderas sobre la mesa de billar y apegándose a mí.
— Vamos a ver, Heäven, tu capacidad de concentración es escasa. Te humillas tú sola. —soltó aún con una ligera sonrisa en su rostro. Coloqué mis manos sobre las suyas.
— Es difícil concentrarme si lo único que haces es manosearme y torturarme con tus susurros molestos. —le recriminé. Verdaderamente parecía afectada y aquello le gustó.
Pronto terminé sentada sobre la mesa y con él entre mis piernas. Nuevamente, el mando de la situación la llevaba él y se me estaba yendo todo de las manos. Me frustraba y quería pegarle para descargarme.
— ¿Te torturo? —sonrió, presionando la yema de sus dedos en mi cintura y atrayéndome más hacia él. Maldito bastardo— ¿Mucho? —repitió en susurros, apartando ahora mi pelo de uno de mis hombros para dejarlo caer por mi espalda. Acarició aquella zona con la yema de sus dedos índice y corazón y se me puso la piel de gallina— Reaccionas con fácilidad.
— Eres imbécil. —murmuré, haciendo un impulso para bajarme de la mesa pero él me detuvo cogiéndome fuertemente de la cintura, hundiendo entonces su rostro en mi cuello. Lo escuché aspirar.
— Hueles muy bien. ¿Dolce & Gabbana?
— No. Dior. —le corregí, mirándolo a la cara cuando se apartó.— Nos están mirando. —informé.
— Créeme que no. Confía en mí. —susurró contra mis labios y se mordió el inferior— Tenemos algo pendiente... ¿Recuerdas? —rebuscó en el pasado e hizo contacto directo con mis ojos.
Negué con la cabeza.
— No, no me acuerdo. —mentí.
— ¿Quieres que te lo haga recordar?
Ahora soltó mis caderas y se apoyó nuevamente en la mesa. En contra de mi voluntad pero a favor de mis placeres, me apegué con lentitud más a él. Su sonrisa me confirmó su estado de ánimo.
— Adelante.
Mis palabras parecían salir de mi boca como alma cargada por el diablo. Eran inapropiadas y las que no me convenían pero... sí las que yo quería. Tocó con la yema de sus dedos mis labios y luego tocó mi mentón, para segundos después alzarlo y dejar mi cuello a su libre disposición. En cuanto estuvo a punto de comenzar un solitario de besos en mi cuello un fuerte golpe nos sobresaltó y me hizo bajar de golpe de la mesa. Jèrome acababa de entrar a la sala y frente a él se encontraba un hombre tirado de rodillas en el suelo. Aquella imagen me impactó y al parecer Zayn no quiso que la presenciara pues... me metió en uno de los cuartos inaccesibles que se encontraban en aquella sala y... sola.
¿A qué cojones venía eso?
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