Lunes, nuevamente lo que significaba madrugar más de lo previsto ya que tocaba instituto y a parte de ese problema, mi casa estaba situada bastante lejos de éste. No tenía coche. Me maldecía nuevamente por ello. Había hablado de este tema con mi madre más de una vez pero... teniendo en cuenta que llevaba ya dos meses de curso y seguía llegando tarde a la primera clase tendríamos que ir mirando la idea o bien de trabajar y con mi propio sueldo comprarme un coche, o bien la idea de directamente, obtener aquel coche.
Puse los ojos en blanco ante las gotas de lluvia encharcar sin miedo alguno el campo que rodeaba mi casa. Sí, vivía en mitad de un "campo", más bien mi casa era un granja pero sin gallinas, ni cerdos etc. Aunque claro depende de como midas la palabra.
Bajo un paraguas decidí hacer frente a la lluvia y los charcos salpicaban el resto de la calle cada vez que estampaba mis botas de agua contra éstos. Giré mi cabeza hacia la carretera en cuanto vi un coche rojo acercarse, disminuyendo su velocidad una vez que se encontró a mi lado y caminaba junto a mí. Era Brittany.
— ¿Qué haces? — preguntó. Mi ceño se frunció.
— Estoy haciendo una tarta, ¿no lo ves? —bromeé, doblando para cruzar la calle y ésta hizo ademán de atropellarme. Apoyé una de mis manos sobre el capó de su coche. Empapado. — ¿Qué haces? —le cuestioné molesta.
— Intentar llegar al instituto. —me dedicó una sonrisa bastante falsa— ¿quieres que te lleve?
— No. Gracias.
— Tampoco iba a hacerlo.
Sin más, aceleré mi paso, queriendo desaparecer de su vista, al igual que ella aceleró para desaparecer por la carretera con aquel coche. Siempre, siempre y siempre quedaría en ridículo delante de ella y era una de las cosas que más me jodían, pero que menos deberían preocuparme.
En quince minutos exactos entré por la puerta de la clase de biología, con mi garganta congelada, medio empapada y la voz bastante pesada.
— Perdón... ¿Puedo pasar?
El profesor Smith me miró por encima del hombro, dejando de escribir en la pizarra, y asintió con la cabeza. Con la cabeza gacha entré en clase y alguna que otra risa por parte de los alumnos. Entre ellas destacaba la de Hanna. Ya me estaba poniendo roja y senté mi culo junto a la silla de Hanna.
— Cielo, ¿qué te ha pasado?
— ¿Eh? —musité dejando la mochila en el suelo y mirándola frunciendo el ceño.
— Tienes los camales de los pantalones llenos de barro.
— Eso es imposib...
El recuerdo de Brittany intentando "atropellarme" retumbó en mi mente de nuevo. Genial, aquel estúpido juego de la rubia había conseguido su cometido. No, no era el de atropellarme. Uno más infantil. Dejarme en ridículo delante de toda la clase. Llevé mis manos a mi rostro, tapándolo por completo para que nadie se fijara en el rojo de mis mejillas y pataleé un par de veces contra la silla del de delante.
La puerta se abrió y mi mirada se fijó en lo que atravesaría por ésta. Un chico, cabello negro, ropa negra, y una pequeña sonrisa latente que apareció en su rostro en cuanto cruzó su mirada con la mía. Aparté mi mirada entonces, sintiéndome incómoda. No sabía quién era, pero el hecho de aquel comportamiento suyo parecía ser un acto de egocentrismo y confianza. Como si me conociera de toda la vida.
Hanna comenzó a moverme por el hombro.
— ¿Has visto eso? —preguntó, sin ser nada disimulada, mirando al chico que acababa de entrar.
— ¿Puedes disimular un pelin?
— Lo has visto. Bien. Oh dios. Oh dios. Se le marcaba el paquete. Heäv, me lloran los ojos. —exageró en susurros y rió— creo que me he enamorado.
— Suerte.
— ¿Por qué?
— Tiene pinta de tirarse a todas. —dije con total sinceridad y encogiéndome de hombros.
— Además... míralo. Es un chico malo, se nota, no ha pedido perdón por el retraso ni nada por el estilo. ¡Y ES NUEVO! ¿De dónde será? Estoy segura de que proviene de algún país exótico. Sus rasgos lo son. Socorro.
— Tranquilízate, Hanna. —le rogué, curvando una sonrisa por su comportamiento.
Una sombra nos tapó a ambas y enseguida supimos que nos tendríamos que callar.
— ¿Puede contestar a la pregunta, señorita Marin? —le preguntó a Hanna. La miré.
— Poder puedo. Pero no sé qué ha peguntado. ¿Puede repetir la pregunta?
Un par de carcajadas resonaron en el fondo de la clase. Mordí mi labio inferior, sabiendo que aquello no nos traería buenos resultados. Según Smith, al próximo aviso, tomaría medidas... y éste era aquel "próximo aviso". El profesor dirigió su mirada a Hanna y luego me miró a mí.
— Heäven, me temo que voy a tener que cambiarte de sitio.
— ¡¿Qué?! No. Por favor. —supliqué.
— ¡Dos por dos son cuatro! —exclamó Hanna de repente sin tener nada que ver con el asunto.
— Está claro que la señorita Marin no es capaz de trabajar con usted a su alrededor. Llevamos dos meses de clase y sus notas no suben del cuatro, sin mencionar sus continuas charlas durante mis explicaciones. No sé si se comportarán así con el resto de profesores, pero está claro que yo ya no voy a aguantar más. Váyase al final del aula en aquel sitio que queda libre.
Me giré para ver de qué asiento se trataba y volvió a encontrarme nuevamente con aquella sonrisa arrogante. Perfecto, me tocaba ser compañera de aquel gilipollas -seguramente-. Éste se encontraba recostado sobre su silla, en una posición bastante excitante, y los nudillos superiores de una de sus manos acariciaban con suavidad el mentón de su rostro, cubierto por una leve capa de barba de tres días. Tenía confianza en sí mismo, y aquello se notaba en su forma de comportarse.
— ¡Me cambiaré yo! —exclamó Hanna. Seguramente al ver quién sería mi compañero.
— No. Usted se queda en primera fila. Si la mando atrás del todo, sus calificaciones en vez de subir, disminuirán.
Dicho aquello, me miró expectante y tras un pesado suspiro me levanté, cogiendo la mochila y encaminándome hacia lo que iba a ser a partir de hoy mi sitio en la clase de Biología. Ni puta gracia.
Me dejé caer sobre la silla y mirando al moreno de reojo pude observar su sonrisa ladina, pero sin ni si quiera mirarme. Su mirada simplemente se encontraba mirando fijamente a la pizarra y en la canitad de cosas sin sentido que el profesor Smith estaba escribiendo. Suspiré, algo irritada al ver que éste no hacía nada por hablar. Bien, yo tampoco lo haría.
Los minutos pasaron y junto a ello tuvimos que hacer un par de ejercicios que el profesor había ordenado. Con rapidez me abalancé sobre mi libreta y mierda... no tenía el libro. Con las prisas me lo había dejado en casa.
— Mierda... — musité entre dientes.
— No te alteres, Heäven.
Por fin habló y me quedé petrificada.
— ¿Por qué sabes mi nombre? —me giré para mirarlo, achinando los ojos. Éste en cambio, seguía en la misma posición desde que se había sentado.
— Smith lo ha dicho antes, muñeca. —sonrió, triunfante y arrogante. Esta vez me dedicó una mirada girando su rostro.
¿Qué había sido aquello de llamarme muñeca? ¿Quién se creía para llamarme así? No sabía nada de él, ni él sabía nada de mí... Aunque lo extraño era que su voz me sonaba de algo. La cosa es que no sabía de qué.
— No soy una muñeca. —alcé mi mentón, intentando adoptar un aire de superioridad ante aquel comentario.
— Tienes razón, eres más sexy que una muñeca. —asintió con indiferencia y luego esbozó una sonrisa que a penas pude captar.
— ¿Cómo te llamas?
— ¿Importa?
— Sí. Si voy a tener de compañero a un gilipollas como tú me gustaría ponerle nombre a tu cara. Sino es molestia, claro.
— Es molestia.
Dijo seco, sin más y me volvió a mirar pero esta vez de forma más seria. Aún así pude captar una chispa de burla y diversión en sus ojos negros. Sentía como me acribillaban pero a la vez me hipnotizaban. Tuve que hacer un esfuerzo casi sobrenatural para apartar mi mirada de la suya y volver a concentrarme en las nuevas palabras del profesor Smith.
— Bien... como veo que la mayoría ya habéis terminado los ejercicios que he propuesto. —se inclinó sobre el libro y suspiró— los cuales corregiremos mañana —añadió— también quiero que hagáis un trabajo en grupo sobre el aparato reproductor humano. Es para la semana que viene y tendréis que exponerlo en clase. Sin mirar. No acepto chuletas. ¿Queda claro? Sino daos por suspendidos el primer trimestre y... —alzó su bolígrafo verde, queriendo dar un toque de atención— contará para la media final del curso.
Dicho aquello la sirena que indicaba la finalización de la clase irrumpió en todo el instituto y todos cerraron sus libros de golpe, excepto yo y mi compañero ya que ninguno habíamos sacado el libro. Yo porque no lo tenía, él porque no le había salido de los cojones, seguramente.
Me levanté, acercándome a Hanna antes de que ésta lo hiciera y me senté junto a ella.
— ¿Y bien? —preguntó ésta, mirando cada dos por tres a mi compañero.
— Y bien ¿qué?
— ¿Cómo besa?
— ¿Estás tonta? Ni si quiera me sé su nombre. —reí ante tu pregunta. Hanna siempre era así.
— ¿Eres tonta? —repitió mi tono de voz, en una burla. — Vé y pregúntale. ¡Es una orden!
— Señoritas... —interrumpió el profesor Smith, que todavía no había abandonado la clase. — que quede claro que el trabajo que he pedido será con sus compañeros de aula. Es decir, no lo pueden hacer juntas.
El profesor se fue y estampé la palma de mi mano contra mi frente con bastante firmeza, haciéndome daño. Hanna resopló y se recostó sobre la silla.
— Me tocará hacerlo con Clark... No quiero. —se quejó, casi lloriqueando.
— Suerte tienes... —murmuré para mí y como si de un imán se tratara mi mirada se deslizó hacia la silueta del gilipollas que ahora mismo se encontraba recogiendo un par de cosas y dejando tras su oreja un cigarrillo que destacaba ante el contraste negro de su pelo. Me miró y aparté la mirada. "Mierda", fue lo primero que pensé.
— Nena, no te alteres pero mi hombre se está acercando. ¿Crees que le gusto? A lo mejor viene a preguntarme el nombre. —dijo en susurros pero sin apartar su mirada del gilipollas.
Mi mirada se concentraba en cada uno de los gestos de mi amiga rubia. Era cómica y guapa. Todo un glamour y no me extrañaría que sus palabras fuesen ciertas. Pronto escuché un ruido justo en la tabla de la mesa y mi mirada se deslizó a ésta. Una gigantesca mano se encontraba apoyada sobre ésta y en cuanto alce mi mirada me encontré con su rostro prácticamente a unos veinte centímetros alejado del mío. Se había inclinado para quedar a mi altura.
— Me llamo Zayn. —dijo. Su semblante era serio y luego dirigió su mirada hacia Hanna— Hola...
Hanna no dijo nada. Yo simplemente rodé mis ojos y me giré en el momento que éste volvió a su posicionamiento normal, dispuesto a irse por la puerta.
— Zayn, espera. —éste se giró.— Tenemos que hablar sobre el trabajo de biología, es para la semana que viene y es obligatorio hacerlo con el compañero de aula.
Para mi NO sorpresa, Zayn se encogió de hombros y terminó de salir por la puerta, dejándonos a Hanna y a mí solas. Era irritante, arrogante, gilipollas, imbécil y sexy.
— Le odio.
— Ay nena, yo también... — suspiró Hanna, aún con su vista clavada en la puerta.
— ¡Deja de babear!
— ¿Pero tú lo has visto? Es lo más cercano a un Dios griego que vamos a tener cerca. ¡Sobte todo tú! Casi me he imaginado una escena de sexo entre vosotros cuando se ha inclinado y te ha dicho su nombre. Es tan... varonil.
— Hanna. Necesitas un novio y... terapia.
— Di lo que te de la gana, pero ese chico — señaló a la puerta — va a estar dentro de nada muy reclamado por todas las tías de este instituto. No quiero quitarnos esperanzas pero Brittany consigue todo lo que quiere y ¡ese chico! — volvió a señalar la puerta — es mío. Y tuyo porque te lo presto.
— No me interesa. —negué con la cabeza, sentándome de nuevo en la silla y mirándola.
— Ya, bueno, mejor. Más para mí.
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